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Por Redacción Nacional
La Habana.- En el Capitolio Nacional, rodeado de consignas, Miguel Díaz-Canel encabezó este martes la sesión por el aniversario 50 de los Órganos del Poder Popular. Esto ocurrió en el llamado “Año del Centenario” de Fidel Castro.
El escenario no pudo ser más simbólico: un edificio restaurado con millones mientras el país se cae a pedazos. Desde allí, el mandatario habló de soberanía, participación y democracia socialista. Según él, las palabras podrían ocultar la profunda crisis económica, social y moral que atraviesa la isla.
Díaz-Canel insistió en que el Poder Popular es “la expresión más auténtica de la democracia socialista”. Sin embargo, medio siglo después de su creación, Cuba no conoce elecciones libres, pluripartidismo ni prensa independiente.
El propio presidente reconoció que durante años esos órganos han funcionado como “correa de transmisión” de decisiones ya tomadas. La confesión, lejos de ser revolucionaria, confirma lo que el cubano sabe desde hace décadas. Las decisiones importantes no nacen en el barrio, sino en la cúpula del Partido Comunista.
El discurso estuvo cargado de referencias históricas —1895, 1956, 1976— y apelaciones constantes a la unidad frente al “bloqueo” y las presiones externas. La narrativa oficial vuelve a colocar toda la responsabilidad de la crisis en factores foráneos. Sin embargo, el propio mandatario admitió “errores e insuficiencias”. Además, hablar de centralismo excesivo, formalismo e improvisación después de más de 60 años de poder absoluto suena más a ejercicio retórico que a verdadera autocrítica. El problema no es de ajustes; es de modelo.
Cuando Díaz-Canel pidió delegados “más en la calle que detrás del buró” y llamó a transformar quejas en soluciones, omitió una realidad elemental. Esos delegados no controlan recursos ni decisiones estratégicas. Pueden escuchar el malestar por el bache, la bodega vacía o el transformador roto. Sin embargo, no tienen autonomía financiera ni política para cambiar estructuras. Finalmente, la descentralización prometida choca contra el muro de un sistema que concentra el poder en el Comité Central y en una élite que no rinde cuentas reales ante nadie.
El tono épico del cierre —“lucharemos, resistiremos, venceremos”— contrasta con la vida cotidiana del cubano común: apagones, escasez de alimentos, migración masiva y salarios pulverizados. Mientras en el Capitolio se habla de “blindar la esperanza”, miles de jóvenes hacen maletas.
El aniversario 50 del Poder Popular no evidenció una democracia vibrante, sino la persistencia de una dictadura que se recicla en discursos grandilocuentes. Mucha solemnidad, muchas fechas patrióticas, pero la misma estructura inmóvil que mantiene a Cuba atrapada en su propia retórica.