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Holanda del Siglo XVII: La forja del capitalismo moderno

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- El estudio del origen del capitalismo exige una distinción fundamental: su gestación y su consolidación no ocurrieron necesariamente en los mismos espacios históricos. Si bien ciudades italianas como Venecia y Florencia desarrollaron tempranamente prácticas mercantiles, bancarias y crediticias, fue en Ámsterdam donde dichas dinámicas alcanzaron un grado de integración y sofisticación que permite hablar, con mayor propiedad, de un capitalismo en sentido moderno.

En términos cronológicos, este proceso se inscribe de manera precisa en el siglo XVII —particularmente entre las primeras décadas de 1600 y finales de esa centuria—, período en el que los Países Bajos no solo alcanzaron su apogeo económico, sino que configuraron las bases institucionales del sistema capitalista moderno. El siglo XVIII, por su parte, representaría más bien la fase de expansión y desplazamiento de este modelo hacia Inglaterra, donde adquiriría una dimensión industrial.

Durante el siglo XVII, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) introdujo una innovación decisiva: la estructuración de una empresa con capital permanente dividido en acciones transferibles. Este mecanismo no solo facilitó la acumulación de grandes volúmenes de capital, sino que además permitió su circulación independiente de las personas, configurando una nueva relación entre propiedad, inversión y riesgo.

El dinamismo de Amsterdam en el capitalismo moderno

En estrecha conexión con este proceso, la Bolsa de Ámsterdam emergió como la primera institución financiera capaz de articular de manera sistemática la compraventa de activos, la formación de precios y la gestión del riesgo. En este espacio no solo se intercambiaban títulos, sino que se establecían expectativas sobre el valor futuro, inaugurando prácticas como la especulación organizada y la diversificación de inversiones.

El dinamismo del comercio marítimo neerlandés, extendido hacia Asia, África y América, evidenció la capacidad del capital para operar en una escala global. Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple expansión comercial sería insuficiente. El éxito neerlandés descansó también en factores institucionales: un marco jurídico relativamente estable, altos niveles de confianza entre los actores económicos y una notable circulación de información comercial, elementos que permitieron reducir la incertidumbre inherente a las operaciones de larga distancia.

En este sentido, el capitalismo neerlandés del siglo XVII no debe entenderse únicamente como un incremento cuantitativo del comercio, sino como una transformación cualitativa en la organización económica. La racionalización del riesgo, la abstracción del capital y la institucionalización de los mercados marcaron una ruptura con las formas previas de intercambio.

La transición

Así, aunque Holanda no puede ser considerada la cuna originaria del capitalismo, sí constituye el espacio donde este sistema adquirió coherencia estructural y proyección internacional. Su experiencia histórica sentó las bases sobre las cuales se desarrollaría posteriormente la economía inglesa y, en última instancia, el capitalismo contemporáneo.

Como ha señalado la historiografía económica moderna —de Fernand Braudel a Immanuel Wallerstein—, el capitalismo no surge de un acto fundacional único, sino de la lenta articulación de redes, instituciones y mentalidades. En este proceso, la experiencia neerlandesa ocupa un lugar decisivo: no como origen absoluto, sino como punto de inflexión.

En consecuencia, más que un episodio exitoso de expansión comercial, la Holanda del siglo XVII representa la transición hacia una nueva lógica histórica: aquella en la que el capital deja de estar anclado a territorios concretos y comienza a operar como una fuerza abstracta, organizada y global. Es allí donde el capitalismo, por primera vez, adquiere plena conciencia de sus propios mecanismos y posibilidades.

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