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Belisario es recordado como el último de los grandes generales romanos. Era un hombre cuya lealtad al emperador Justiniano solo era igualada por su genio en el campo de batalla.
En un siglo VI donde el Imperio Romano de Occidente ya había caído, Belisario emprendió la misión casi imposible de reconquistar los territorios perdidos en África. Además, intentó recuperar territorios en Italia.
Con ejércitos numéricamente inferiores, recuperó Cartago y Roma. Así, devolvió por un breve y glorioso instante la esperanza de un imperio unido y mediterráneo bajo el mando de Constantinopla.
A pesar de sus éxitos brillantes y de salvar el trono de Justiniano durante las sangrientas revueltas de Niká, Belisario vivió bajo la constante sombra de la sospecha y la envidia imperial.
Su popularidad entre los soldados y el pueblo despertaba temores de traición en la corte. Por eso, fue llamado de vuelta y marginado en varias ocasiones.
La leyenda cuenta que, en su vejez, el hombre que una vez desfiló triunfante por las calles de la capital terminó ciego y pidiendo limosna. No obstante, los historiadores modernos debaten la veracidad de este trágico final.
¿Vale la pena la lealtad absoluta cuando el poder te paga con ingratitud? La vida de Belisario es una lección sobre la gloria militar y las traiciones políticas que definen los imperios. (Tomado de Historia Antigua, Cultura y Civilizaciones)