Gran noche para bateadores cubanos en Grandes Ligas

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Por Robert Prat ()

Nueva York.- No era una noche cualquiera, no, porque cuando los hijos de la isla agarran el bate, algo profundo se remueve en el alma del Caribe. Era viernes, sí, pero con olor a domingo, y con presagio de día grande para los antillanos en las Grandes Ligas. Desde Tampa hasta Los Ángeles, pasando por Houston y por el siempre eléctrico Dodger Stadium, los cubanos tomaron la palabra con la madera, y la pelota voló como si tuviera alas de golondrina.

Fue una gran noche, de esas que el cronista guarda en la libreta con caligrafía temblorosa, porque cuatro nombres propios —Díaz, Soler, Álvarez, Pagés— se encargaron de regar de azúcar y pólvora el firmamento de las Grandes Ligas, mientras un quinto, Randy Arozarena, les recordó que la familia es grande y que el orgullo también cabe en el uniforme.

Yandy Díaz y Jorge Soler

Arrancó la fiesta en el Tropicana Field. Yandy Díaz, el sagüero de músculos callados y mirada de campesino, empató el duelo contra los eternos Yankees con un jonrón de dos carreras que puso a los Rays en el camino de ganar. No fue un jonrón cualquiera: fue de esos que salen del bate como un suspiro contenido, que saben a venganza tranquila. Y por si alguien dudaba de su condición de obrero del infield, corriendo como si le fuera la vida en cada pisada. Los malos vecinos del Bronx se fueron derrotados 5-3, y Yandy, sin levantar la voz, demostró que el poder cubano también sabe ser sencillo, como el pan que se parte en la mesa.

Mientras tanto, en el cielo de Anaheim, Jorge Soler se vistió de ángel con mayúsculas. El hombre que ya sabe lo que es ser Rey de la Serie Mundial agarró un lanzamiento de los Rojos de Cincinnati y lo mandó a pasear por los jardines de la inmortalidad, pero no solo eso: lo hizo con las bases llenas, con la paciencia del que espera el momento justo, y conectó un Grand Slam que fue como un bautismo de cuatro esquinas. Y para que no quedaran dudas de su hambre, añadió un doblete y Los Angelinos ganaron 10-2, y Soler, con su garra y su sonrisa ancha, recordó a todos aquellos que dudaron que un cubano puede ser el corazón de un equipo cuando el bate habla en serio. Fue su noche, sí, pero la noche era de todos.

Yordan y Arozarena

Ahora bien, no todo iba a ser miel sobre hojuelas, porque el béisbol tiene esas cosas del destino que a veces sabe a ron amargo. En Houston, Yordan Álvarez, ese gigante que parece un poeta torcido pero que cuando agarra la madera se convierte en un ciclón, hizo lo suyo: conectó dos hits, y entre ellos, un cuadrangular de tres carreras que fue como un puñetazo sobre la mesa.

Pero los Astros cayeron 9-6 ante los Marineros de Seattle, y ahí apareció otro cubano, Randy Arozarena, para demostrar que la sangre isleña no entiende de colores ni de rivalidades. Randy, con la alegría del que baila en la antesala del caos, pegó su primer jonrón de la temporada —un estacazo de dos carreras— y además, con las bases llenas, recibió un pelotazo que empujó otra. En total, tres remolcadas para él, dos por el batazo y una por el dolor bien llevado. Así es Arozarena: capaz de lastimar con el bate y con el cuerpo, porque el cubano nunca se quita del plato.

Pagés, la guinda del pastel

Y para cerrar la noche con broche de oro, Andy Pagés puso la guinda sobre el pastel en Los Ángeles. El muchacho, que ya venía con hambre de hacha, llegó a cuatro dobles y cuatro cuadrangulares en la temporada, y anoche, contra los Rangers de Texas, se fue de fiesta: de 3-3, sí, pero también cuatro carreras remolcadas que ayudaron a los Dodgers a ganar 8-7 en un partido de infarto.

Pagés tuvo una noche de cuatro remolques y ahora mismo es el mejjor bateador de los Dodgers y la Liga Nacional.

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