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Arroz con chícharo… obligado

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Por Ulises Toirac ()

La Habana.- Si me preguntan cuál es la comida que más he comido o me gusta, tengo que reconocer que la tortilla de papas está entre las muy primeras. Mi hermana Tania afirma que cada vez que alguien (los viejos o ellos, mis hermanos) me preguntaban:

—¿Te preparaste algo de almuerzo?

Yo respondía invariablemente:

—Me hice una tortilla con papas.

Era la época en que, aunque la papa no fuera un producto autóctono, y las gallinas las hubieran traído los colonizadores para aclimatarlas (sin colapsos nerviosos o ataques de estrés) al bondadoso clima de nuestro país, en el que el animal más peligroso es el caimán y la calamidad climática más peligrosa, un huracán, pero en el cual dejas caer una semilla de calabaza al piso y la gallina que se embulle a hacerse dependiente de la calabaza, termina ahogada luego de ser atrapada por una enredadera descomunal y una gran cantidad de frutos hermosos, grandes, amarillo-coloraos y pesados… se podían tirar dos huevos y cuatro papas a una sartén con aceite… ¡Vaya párrafo!

Viene una parte que algunos harán arqueadas mientras otros se relaman de gusto:

Me gusta que la tortilla quede medio cruda por dentro y bien hecha por fuera, de manera que la cocción interior, sea más provocada por los pedacitos de papas acabados de freír (en pequeños trozos cuadrados) que por el efecto de la hornilla, que no llega a penetrar demasiado y cocina el exterior hasta dejar pequeñas porciones crujientes incluso. Queda como un pastel de guayaba, vaya… dura por fuera y melcochosa por dentro.

Eso se come hasta solo. Mi memoria es una sarta de tiras para la autoflagelación, lo sé.

Mi hermano Julio, ya lo he dicho, tiene tres años más que yo, y hubo una época en la infancia en que debió cuidar de mi en lo que los viejos andaban de parranda patriótica en sus centros de trabajo.

Recuerdo exactamente la primera vez que mami le encargó hacerme la comida, vista vez que no podríamos auxiliarnos por los vecinos. Solo había que calentar el arroz y los chícharos, y hacer… ¡Una tortilla de papas!

Rociado el arroz con agua y puesto al unísono en dos hornillas a fuego muy bajito junto con el caldero de chícharos, mi tarea consistió (elemental, Watson, frente a un hermano mayor, que calculaba más trabajo que peligros) pelar y trocear las papas. Me lo tomé en serio, a mi la geometría me fascina desde pequeño y tengo cierta predisposición a una neurosis geométrica. Las papas quedaron de maravilla.

Al terminar mi labor, ya olían los chícharos ligeramente y Julito tenía preparado un bol con cuatro huevos semibatidos. Entregué mi tarea, mi hermano echó las papas al bol y…

—Yo creo que hay que…

—Eso se cocina junto —respondió con autoridad.

Con mis dudas puse la mesa y serví el arroz y los chícharos. Al ratico, mi hermano aterrizó la tortilla ya dividida. Teníamos una ley: uno dividía, el otro escogía el trozo. Eso obligaba a la equitación. Perdón, a ser equitativos.

Empecé llevándome un trozo de tortilla a la boca, tras lo cual paré en seco. Miré a mi hermano lo más rudo que pude y dije bajito pero molesto:

—No te quedó como a mami.

También me fascina el arroz con chícharos solo.

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