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Antorchas, control y fascismo: una historia mal contada

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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Convocada formalmente por la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), una organización hoy totalmente controlada por el Partido Comunista a través de su cantera juvenil, la UJC, la llamada Marcha de las Antorchas volvió a repetirse como un ritual perfectamente ensayado del poder.

Encabezada por Miguel Díaz-Canel y otros altos cargos del régimen, la marcha no fue una expresión juvenil espontánea, sino una demostración organizada del control estatal sobre el movimiento universitario.

El recorrido, desde la escalinata de la Universidad de La Habana hasta la Fragua Martiana, siguió el guion de siempre: antorchas, consignas, disciplina, uniformidad y un relato épico diseñado para diluir cualquier expresión autónoma de la juventud. Nada nuevo. Nada libre.

Pero hay un detalle que el discurso oficial evita cuidadosamente: esta estética no es martiana ni cubana. Es una copia exacta de las marchas totalitarias europeas del siglo XX, en particular de las marchas hitlerianas.

Las antorchas como símbolo político moderno se popularizan en Alemania desde los años 1920, y se vuelven icónicas en 1933, cuando Adolf Hitler es nombrado canciller. Ese mismo año tiene lugar la famosa marcha nocturna con antorchas en Berlín, organizada por las SA y las SS como un espectáculo de poder, disciplina, obediencia y culto al líder. No era homenaje: era teatro político, intimidación simbólica y propaganda de masas.

El castrismo se apoderó de la marcha

Ahora bien, conviene recordar algo que el castrismo también ha intentado borrar: la primera Marcha de las Antorchas en Cuba, realizada la noche del 27 de enero de 1953, víspera del natalicio de José Martí, no fue un acto gubernamental. Fue organizada por estudiantes universitarios, principalmente de la FEU, como un homenaje cívico y patriótico, sin consignas partidistas ni líderes en el poder al frente. Era un gesto simbólico, plural y moral.

Fidel Castro se apropió de la marcha, la vació de su contenido cívico y la transformó en un acto de confirmación revolucionaria, de obediencia política y de apoyo ritual a su dictadura. Desde entonces, las antorchas dejaron de iluminar ideas para iluminar el rostro del poder.

Y aquí surge la pregunta inevitable, incómoda, pero necesaria: ¿Por qué los castristas acusan de fascistas a sus oponentes, si son ellos quienes imitan con precisión la estética, los rituales y la lógica del fascismo? Porque el problema no es la antorcha. El problema es quién la sostiene, quién marca el paso y quién exige obediencia en la oscuridad. Debían haber disimulado y hacer la marcha con linternas, entonces llamarle “La marcha de las linternas” pero ni baterías tienen.

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