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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Tres días. Tres días completos y el Ministerio del Interior de Cuba, esa institución que todo lo sabe, todo lo ve y todo lo controla, no ha soltado el nombre. Un Audi, un extranjero, nueve personas atropelladas en plena calle de La Habana. Y un silencio que grita.
¿Qué pasa? ¿Es que el nombre se les ha olvidado en un cajón? ¿O es que ese nombre, escrito en algún parte oficial, quema tanto las manos que prefieren no tocarlo, no pronunciarlo, no soltarlo a la gente que quiere saber, que necesita saber, quién fue el que pisó el acelerador en vez del freno?
¿Por qué el secreto? Lo normal, lo de cualquier lugar del mundo, sería la transparencia forzosa. Se detiene a alguien, se le acusa de un delito grave, y se da su nombre. Punto. Pero aquí hay un agujero negro en la información. ¿Qué tiene este individuo que lo hace tan especial, tan frágil, tan intocable para las leyes normales del bochorno público? ¿Es que su pasaporte es de un color tan distinto que ciega a las autoridades? ¿O es que su cartera es tan gruesa que amortigua el golpe de la justicia y amortigua también los comunicados oficiales?
¿Será quizás que el conductor no es simplemente un “extranjero residente”, sino el hijo de alguien, el sobrino de otro, el amigo de aquel? ¿El testaferro de una empresa mixta que no puede nombrarse? ¿Un inversor extranjero con los bolsillos llenos de promesas que no se pueden espantar con el mal trago de una noticia negativa? ¿Es que acaso el dinero tiene más derecho a la privacidad que las nueve personas que quedaron tendidas en el asfalto? ¿Dónde está el límite entre proteger una imagen y proteger a un posible culpable?
¿O es que el problema es mayor? ¿Que revelar el nombre abriría una caja de pandora sobre cómo se obtienen permisos de residencia, licencias de conducción, o sobre quiénes son los que realmente pueden permitirse un Audi en una ciudad donde el transporte es una epopeya diaria? ¿Temen que una simple foto de un carnet de identidad lleve a la gente a preguntarse por conexiones, por favores, por una red de privilegios que existe pero que debe mantenerse en la sombra, discreta, lejos de los titulares?
¿Hasta qué punto el silencio es una confesión? Porque cada hora que pasa sin que el Ministerio del Interior nombre al detenido es una hora que alimenta la certeza de que hay algo podrido. ¿Es que el móvil no fue solo un accidente? ¿Fue algo más? ¿Algo que no se puede decir? ¿Algo que implicaría a más personas, a más nombres, a más instituciones? ¿O es simplemente el pánico habitual a perder el control de la narrativa, a que la gente hable, especule, y acierte de lleno en el blanco que quieren esconder?
Al final, la pregunta más simple sigue flotando en el aire habanero, entre el olor a gasolina y a mar: ¿a quién protegen? ¿Al extranjero del Audi o a sí mismos? ¿A un sistema de leyes paralelas para una clase paralela? ¿O a la frágil idea de que aquí todos son iguales ante la ley? Porque el silencio, ya se sabe, nunca es solo silencio. Es la respuesta más elocuente.