
El monumento clandestino
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La misión Apolo 15 fue un éxito rotundo. David Scott y James Irwin paseándose en su cochecito eléctrico por la Luna, con toda la parafernalia patriótica y la retransmisión en directo para gloria de la NASA. Pero lo que las cámaras no mostraron fue lo que Scott llevaba en el bolsillo: una estatuilla de aluminio de 8,5 centímetros, un astronauta sin género ni nacionalidad, diseñado para resistir el infierno lunar. Y una placa con catorce nombres.
La historia comienza un año antes, en una galería de Nueva York, donde Scott se topó con el artista belga Paul Van Hoeydonck. El astronauta, que tenía tanto de piloto como de amante del arte, le encargó la figura. Pero no era un capricho: era un homenaje a los caídos. En la placa, grabados a fuego, estaban los nombres de ocho astronautas estadounidenses y seis cosmonautas soviéticos. En plena Guerra Fría, cuando los dos bloques se miraban con desconfianza, Scott tuvo la decencia de incluir a los «enemigos» en el mismo memorial.
La estatuilla pasó a la historia
El 2 de agosto de 1971, en la última salida extravehicular, Scott ejecutó el plan. Mientras Irwin recogía piedras, se alejó cien metros del módulo, cavó un agujero en el polvo lunar, plantó la estatuilla de espaldas y dejó la placa. Luego se fue sin mirar atrás. La NASA sabía algo, pero con la condición de que no hubiera publicidad. Scott guardó silencio en la rueda de prensa. Todo parecía perfecto.
Hasta que el artista, incapaz de contener la exclusiva, soltó la noticia a la prensa europea. La NASA, pillada con las manos en la masa, tuvo que tragar. Scott confirmó, la agencia reculó y la estatuilla pasó a la historia. Pero la organización, herida en su orgullo, borró cualquier rastro comercial del invento. Hoy, en la soledad absoluta de la Luna, castigada por la radiación y el silencio eterno, la única obra de arte humana en otro mundo sigue allí.
Un monumento diminuto, irónico y canalla a los que se cayeron del andamio camino de las estrellas. David Scott no solo llevó un pedazo de arte a la Luna; llevó un recordatorio de que jugar a los cohetes espaciales también mata. Y en medio de la épica oficial, un astronauta, un artista y una placa con nombres de vivos y muertos demostraron que, a veces, la mayor grandeza está en los gestos que nadie ve.






