
Carta a la desvergüenza
Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- Cuando alguien ocupa la presidencia de un país, debería hacerlo tras ganar unas elecciones libres, limpias y reconocidas por su pueblo. Si ese respaldo no existe, la legitimidad se evapora desde el primer día.
Esa es la historia repetida de un modelo de dirigente incapaz de proponer soluciones, de liderar, de inspirar o de sentir empatía por la gente a la que dice representar. Un tipo de liderazgo hueco que actúa como una carga explosiva en la línea de flotación de un país que se hunde entre precariedad, miseria y descontento.
Ese modelo de poder vive instalado en una nube: la nube de los desconectados, de los que no pisan la calle, de los que no sienten ni padecen. Se les ve en todas partes, hablando con todos, pero sin resolver absolutamente nada. Mucha presencia, cero resultados.
A eso se suma la sumisión a un aparato histórico que sigue mandando desde las sombras. Un esquema donde el dirigente visible no decide, solo repite. Donde la obediencia pesa más que la capacidad. Donde la figura pública es apenas un portavoz sin autonomía.
Lo más insultante es escuchar a quienes nunca fueron elegidos afirmar que “si el pueblo se lo pide, se van”. La distancia entre esa frase y la realidad es tan grande que provoca rechazo inmediato.
El ascenso dentro de ese sistema se basa en delatar, obedecer sin cuestionar y, más tarde, adoptar una servidumbre que se disfraza de lealtad. Y lo peor es que muchos llegan a creerse líderes, aunque nadie sepa muy bien de qué ni de quién.
Ese tipo de dirigente repite siempre la misma receta: miseria, estancamiento y excusas. Y mientras tanto, pierde el control de todo: salud, transporte, agua, energía, turismo, producción. Nada funciona. Nada responde. Nada mejora. El poder real se les escurre entre los dedos.
Hoy mandan otros: quienes controlan el capital, las divisas, los mercados paralelos y las empresas ocultas que pronto saldrán a la luz. El barco del sistema se hundió hace tiempo, y quienes quedaron al mando solo tienen un recurso: la represión. Ya lo han demostrado antes.
Y no es solo una persona. Es un entramado completo: altos cargos, viejas estructuras, figuras enquistadas que llevan décadas aferradas al poder. Para muchos cubanos, todos ellos deben apartarse, y temen que, llegado el momento, no será por las buenas.
El pueblo cubano tendrá que decidir si quiere seguir desapareciendo o si prefiere expulsar de su realidad a quienes llevan demasiado tiempo viviendo en otra.



