Ni carisma ni poder: por eso los Castro mandan al frente al hombre que todo lo empeora

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- De repente, a quien suele hablar una vez cada 365 días —y con la calculadora en la mano para no desviarse del guion familiar— le ha dado por conceder entrevistas como si fuera Taylor Swift en gira promocional. En apenas dos semanas, Miguel Díaz-Canel se ha sentado frente a Pablo Iglesias, La Jornada, Newsweek y la NBC.

¿Milagro de la comunicación? No, querido lector: estrategia de supervivencia. El régimen castrista sabe que el cerco de Washington se estrecha, que la campaña de presiones no es un rumor de café, y han decidido mandar al frente a su hombre menos indicado para intentar lavarle la cara al cadáver político del sistema.

Porque aquí está el chiste macabro: teniendo a todo un aparato de propaganda, escogieron al interlocutor con menos dotes oratorias desde que Fidel soltaba discursos de siete horas. Díaz-Canel no improvisa, ensaya; no convence, balbucea. Cada respuesta parece un examen oral para el que estudió la noche anterior con apuntes ajenos. Su torpeza habitual no es un accidente, es una constante. Frases que nacen con pretensión de profundidad y mueren como memes: esas joyas involuntarias que circulan por WhatsApp entre cubanos que ya no se ríen del régimen, sino de su portavoz.

Lo peor no es que hable mal —aunque hable mal—, sino que se le nota pensando. Y pensar, para quien debe repetir la cartilla de los Castro, es un peligro. Cada pausa, cada mirada al vacío durante la entrevista, delata el cálculo: ¿esto lo autorizó el general? ¿Esta frase molestará a los que aún mandan desde la sombra? Díaz-Canel no tiene carisma, ni liderazgo, ni poder real. Es un gerente con corbata que sabe que su único mérito fue no llamar la atención mientras los verdaderos dueños de Cuba decidían su turno.

Un manual de supervivencia mal ejecutado

Pero entonces, ¿por qué ahora tantas cámaras? Porque la Casa Blanca ha endurecido el pulso y el castrismo, herido pero aún con uñas, necesita oxígeno mediático. La estrategia es clara: buscar canales supuestamente progresistas (Pablo Iglesias, La Jornada) para que le hagan preguntas de aliado, y colarse en medios estadounidenses (NBC, Newsweek) para fingir normalidad. Quieren vender que hay un interlocutor válido, cuando en realidad mandan al peor vendedor a un mercado que ya conoce el producto defectuoso.

El problema es que Díaz-Canel no es inteligente, sino disciplinado. Y la disciplina no reemplaza al talento. Cada respuesta suya en estas entrevistas recientes parece escrita por un comité y mal interpretada por un actor secundario. No fluye, no seduce, no convence. Cuando intenta sonar estadista, suena a funcionario de junta vecinal. Cuando quiere ser crítico con Washington, suelta lugares comunes que ni sus propios entrevistadores se creen. Es la cara visible de un régimen que ya no sabe ni cómo posar para la foto.

Así que no, no estamos ante un despertar comunicativo del líder cubano. Estamos ante un manual de supervivencia mal ejecutado: más entrevistas para intentar frenar la presión de Washington, pero con el hombre que mejor representa la anemia del sistema. Mientras los Castro sigan moviendo los hilos desde la trastienda, Díaz-Canel seguirá sudando frente a las cámaras, pronunciando frases que mañana serán meme y demostrando que, en la lucha por la imagen del régimen, han elegido al único que podía empeorarla. Fin de la función.

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