La Habanja.-El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, presumió en una entrevista que publica hoy la prestigiosa revista Newsweek los avances sociales de la revolución —educación, salud pública, biotecnología— mientras su país atraviesa la peor crisis humanitaria y energética en seis décadas. El mandatario, que gobernaba un país con apagones de hasta 20 horas diarias y una economía en caída libre, se vanaglorió de logros que la mayoría de los cubanos no pueden disfrutar por la escasez generalizada de alimentos, medicinas y combustible.
Díaz-Canel afirmó que el sistema de salud es «universal y gratuito», pero omitió mencionar que más de 90.000 cubanos están en lista de espera para cirugías, incluidos 11.000 niños, según datos del propio gobierno. Tampoco dijo que los hospitales carecen de insumos básicos, que las farmacias están vacías desde hace meses y que los pacientes deben comprar en el mercado negro lo que el Estado no puede garantizar. El mismo mandatario que reivindicó la biotecnología nacional no explicó por qué los medicamentos producidos en Cuba no están disponibles para la población.
El presidente habló de «justicia social», pero no se refirió a la desigualdad brutal que separa a la élite gobernante, que vive en lujosas residencias y accede a clínicas exclusivas como el CIMEQ o la Cira García, del resto de los cubanos, que sobreviven con salarios de hambre y hacen colas interminables para comprar un cartón de huevos. Tampoco mencionó que mientras él se desplaza en coches blindados, la mayoría de los ciudadanos no tiene transporte público para ir a trabajar.
La cantaleta del bloqueo
Díaz-Canel culpó al bloqueo estadounidense de todos los males, pero evitó reconocer que el modelo económico centralizado que defiende ha sido incapaz de producir alimentos, generar electricidad o mantener la infraestructura del país. El presidente que reivindicó la «capacidad de resistencia» del pueblo cubano no explicó por qué más de un millón de cubanos han emigrado en los últimos años, huyendo precisamente de las carencias que él atribuye exclusivamente a factores externos.
El mandatario se mostró especialmente orgulloso de los avances biotecnológicos y mencionó un medicamento cubano para el Alzheimer que se prueba en pacientes de Colorado. Lo que no dijo es que ese mismo fármaco no está disponible para los enfermos cubanos, que siguen muriendo sin acceso a tratamientos básicos. Tampoco aclaró por qué, si la ciencia cubana es tan brillante, los hospitales de la isla carecen de anestesia, guantes quirúrgicos y material descartable.
En definitiva, Díaz-Canel ofreció una visión edulcorada de una revolución que ha sumido al país en la pobreza extrema, la represión política y la desesperanza. Mientras el mundo avanza, Cuba retrocede. Y el presidente, en lugar de asumir responsabilidades, se refugia en un discurso trasnochado que ya no convence ni a sus propios compatriotas. La historia, a diferencia de sus palabras, no miente. Y la historia muestra que 67 años de revolución han llevado a Cuba a ser el país más pobre del Caribe, con una infraestructura en ruinas y un pueblo que sueña con escapar.
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