Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- La entrevista de Pablo Iglesias a Miguel Díaz-Canel fue una pieza construida a la medida; tanto por el entrevistado como por el entrevistador, con un propósito claro: no informar, sino decir lo que conviene que se sepa, aunque eso no sea necesariamente la verdad.
Pero hay entrevistas… que traicionan el discurso. Porque dicen más de lo que se quiere decir. La aparición de Sandro Castro en CNN pertenece a esa categoría. No por lo que dice… sino por todo lo que deja expuesto.
Dos cubas, dos crisis
Sandro habla de dificultades, pero escuchemos cuáles: “No llegan los insumos…”, “La logística no funciona…”, “Se afecta todo…” Ese es su mapa del problema y afectaciones.
Ahora miremos el del cubano de a pie: no hay comida, no hay electricidad en casa, no hay agua, no hay transporte. Aquí no hay diferencia de grado… hay diferencias entre dos mundos.
Cuando Sandro menciona los apagones, no habla de oscuridad en su sala, ni de comida echándose a perder. Habla del impacto en lo que está fuera de su puerta. Su negocio, sus operaciones, sus flujos. Dentro de su apartamento “casualmente” hay luz, mientras a su alrededor muchas casas están a oscuras. Hay comodidad en un espacio seguramente otorgado por la revolución, “en reconocimiento a sus sacrificios y abnegación revolucionaria”.
Tiene un refrigerador de dos puertas de acero inoxidable. Abrió la parte de los líquidos… pero no el congelador. Aquí, al menos, hay que reconocerle algo: fue sincero al admitir que ese aparato no está al alcance del pueblo.
El capitalismo que no se combra… pero se USA
Hay una frase que atraviesa toda la entrevista y lo cambia todo: “Hay muchas personas en Cuba que piensan capitalistamente.”
Y remata: “A muchos cubanos les hubiera gustado ser capitalistas.”
Donald Trump debe sentirse orgulloso de este principito, porque, esto no es un ataque al capitalismo, es una defensa abierta.
Es algo muy peligroso para el régimen, porque es su normalización dentro del sistema. Sandro no habla como un ideólogo. Habla como alguien que opera dentro de la lógica de mercado; veamos el lenguaje que utiliza, insumos, logística, funcionamiento, clientes.
Aquí no hay consignas, hay práctica. Y entonces aparece la contradicción estructural: El sistema que condena el capitalismo… funciona internamente con él, no como modelo abierto, sino como privilegio selectivo, porque en Cuba, el capitalismo no está prohibido, está administrado.
La fractura que negaron… y que se escapa
Aquí está el punto más delicado. Recordemos la entrevista de Miguel Díaz-Canel con Pablo Iglesias, donde se desestimaban como “relatos mediáticos” las supuestas divisiones dentro del poder. Según ese discurso, no hay fracturas, no hay diferencias, no hay grietas. Pero entonces aparece Sandro… Y dice cosas que ningún cubano puede decir en Cuba, excepto un Castro.
Se queja, se distancia. Habla sin el molde ideológico habitual, y lo hace sin consecuencias. Eso no es casualidad, eso es posición, eso es permiso, eso es poder. Porque en un sistema cerrado, la libertad de tono no es espontánea…es un privilegio. Y cuando alguien dentro de la élite habla así, con soltura, sin miedo, sin consigna, no está rompiendo el sistema… está mostrando que el sistema ya está roto por dentro.
El detalle que lo delata todo
Sandro no actúa como opositor, tampoco como defensor clásico. Actúa como algo más revelador: alguien que vive en una Cuba distinta… y lo sabe. Cuando dice: “Esto es duro… durísimo…” no habla desde la escasez del que no tiene, habla desde la incomodidad del que ve afectado su entorno, y esa diferencia lo cambia todo.
Sandro Castro no desmontó el discurso oficial, hizo algo peor; lo dejó en evidencia. Mostró que hay una Cuba que sobrevive… y otra que gestiona. Que hay un sistema que prohíbe… y al mismo tiempo reparte excepciones.
Y que mientras desde arriba se niegan las fracturas… desde adentro, sin querer o queriendo, ya las están contando.
Porque cuando el “principito” habla con soltura… no es que haya libertad, es que el silencio no es suficiente para esconder la grieta.
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