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Por Yeison Derulo

La Habana.- En Cuba pasan cosas raras. Muy raras. Aunque hay una que siempre llama la atención: cuando alguien con el apellido Castro decide decir lo que millones de cubanos llevan años pensando.

Esta vez el protagonista fue Sandro Castro. No un opositor, no un periodista independiente, no un activista cualquiera. El nieto del hombre que diseñó el sistema que hoy gobierna la isla. Y desde ese pedestal —donde nunca faltan las Cristal, los bares privados y los paseos en yate— se sentó frente a las cámaras de CNN en Español para hablar del país.

Y lo que dijo, aunque no fue una declaración revolucionaria en términos políticos, sí resultó un pequeño terremoto simbólico.

Cuba está pasando por “momentos duros y difíciles”, dijo Sandro. Y lo peor, según él mismo reconoció, es que “no se ve la luz al final del túnel”. Una frase que podría haber pronunciado cualquier cubano sentado en una cola de seis horas para comprar picadillo, o cualquier madre mirando un refrigerador vacío en medio de un apagón.

Pero lo más llamativo no fue eso. Lo verdaderamente interesante fue la manera en que deslizó su crítica hacia Miguel Díaz-Canel.

Sandro no habló como hablan los funcionarios del Partido. No mencionó el bloqueo en cada frase. No habló de resistencia heroica. No sacó el libreto de la Mesa Redonda. Más bien dejó entrever que las cosas en la isla están mal conducidas y que la situación económica y social está lejos de mejorar.

En Cuba eso es suficiente para levantar cejas.

Lo curioso es que no es la primera vez que Sandro apunta contra Canel. En redes sociales ya había dejado caer indirectas que sonaron más a burla que a crítica política. En una ocasión publicó una imagen con una cerveza y la frase: “Cuando estoy contigo se me olvida que Díaz-Canel es presidente”. Una línea simple, pero demoledora en un país donde criticar al poder suele pagarse con prisión o exilio.

Y ahí aparece el verdadero dilema cubano.

Un joven de cualquier barrio que diga eso termina visitando un calabozo. Sandro Castro puede hacerlo desde su bar, con música alta y una Cristal en la mano porque en Cuba hay dos países: el de los apellidos blindados y el del resto.

El primero vive entre fiestas, negocios nocturnos y entrevistas internacionales. El segundo vive entre apagones, escasez y salarios que no alcanzan ni para comprar un cartón de huevos.

Por eso la entrevista tiene un sabor extraño. No es una rebelión política ni una ruptura con el sistema. Es más bien una grieta dentro de la propia élite.

Y cuando las grietas aparecen dentro de la familia que ha gobernado el país durante más de seis décadas, la señal es clara: algo se está moviendo.

Puede que no sea una revolución. Puede que no sea un cambio inmediato. Pero cuando incluso los Castro empiezan a decir que el país está mal…entonces la cosa, definitivamente, está peor de lo que parece.

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