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Por Luis Alberto Ramírez ()

El caso cubano exige un análisis que vaya más allá de consignas y explicaciones simplistas. Durante décadas, el régimen de Unión Soviética transfirió a Cuba recursos financieros, energéticos y comerciales que, en términos comparativos, representaron una de las mayores subvenciones externas sostenidas del siglo XX. Aquella relación no fue marginal: constituyó el pilar estructural de la economía cubana desde los años 60 hasta la desintegración soviética en 1991.

Sin embargo, el problema central no radica únicamente en la existencia de esos recursos, sino en su asignación. Bajo el liderazgo de Fidel Castro, el modelo priorizó objetivos ideológicos y geopolíticos: financiamiento de movimientos insurgentes en América Latina, intervención militar en conflictos africanos y una intensa maquinaria propagandística orientada a legitimar el proyecto revolucionario a escala global. Estas decisiones no solo implicaron costos financieros directos, sino también costos de oportunidad: cada dólar invertido en exportar revolución fue un dólar no invertido en infraestructura, productividad agrícola o modernización industrial.

Desde una perspectiva económica, Cuba operó como una economía subsidiada sin incentivos internos para la eficiencia. El comercio preferencial con la URSS, por ejemplo, la compra de azúcar cubano a precios artificialmente elevados, permitió sostener un modelo improductivo sin necesidad de reformas estructurales. En ese contexto, el deterioro de infraestructuras y la baja productividad no eran fallas visibles, sino problemas latentes cubiertos por el flujo constante de recursos externos.

La caída de la URSS y la narrativa del bloqueo

El argumento del “bloqueo” estadounidense, sin negar su impacto real en ciertas áreas, adquiere relevancia política sobre todo después del colapso soviético. Antes de 1991, la existencia de un respaldo económico externo amortiguaba sus efectos y, en términos prácticos, limitaba su capacidad de explicar la ineficiencia interna. Tras la desaparición de la URSS, Cuba pierde su sostén principal y entra en el llamado “Período Especial”, momento en el que el discurso del bloqueo pasa de ser un factor más a convertirse en la narrativa central para justificar la crisis sistémica.

La consecuencia observable hoy no es un accidente histórico, sino el resultado acumulado de decisiones estratégicas. Un modelo que privilegió la proyección ideológica sobre el desarrollo interno terminó generando una economía frágil, altamente dependiente y con infraestructuras deterioradas. En ese sentido, la metáfora que se impone “estos lodos vienen de aquellos polvos” no es solo retórica: describe una relación causal entre políticas pasadas y resultados presentes.

La cuestión de fondo, entonces, no es únicamente identificar responsabilidades, sino entender que sin cambios estructurales , institucionales, económicos y de incentivos, cualquier flujo externo futuro, sea de aliados o de apertura internacional, corre el riesgo de repetir el mismo ciclo. Es como la serpiente que trata de morderse la cola, pero no la encuentra.

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