Por Oscar Durán
Cienfuegos.- Si miramos bien la foto, lo primero que nos viene a la cabeza no es la guerra, es el hambre. Ese muchacho, con un lanzacohetes que le queda grande hasta en la sombra, no parece un combatiente; parece un improvisado. Un niño jugando a ser hombre en un país donde te obligan a crecer de golpe. Dice Gerardo Hernández que se están preparando para la guerra en Cienfuegos. Yo digo que lo que están preparando es otro capítulo de miseria maquillada de heroísmo.
Fíjense bien en la escena: el arma pesa más que la convicción. El gesto es forzado, la postura incómoda, como si en cualquier momento fuera a soltar aquello y salir corriendo a buscar un pan con algo. Aquí la pregunta no es si sabe disparar, es si desayunó. Y en Cuba, en esta Cuba rota, esa pregunta vale más que cualquier entrenamiento militar. No hay patria que defender cuando el estómago está vacío.
Detrás, como siempre, el teatro. Uniformes verdes, poses ensayadas, un oficial señalando no se sabe qué, mientras otros miran como si estuvieran en una excursión escolar. Todo parece una escena armada para la foto, para el discurso, para alimentar la narrativa de resistencia eterna. Pero la realidad se cuela por las grietas: ese tronco de madera como blanco, ese campo abierto, esa precariedad que grita más fuerte que cualquier consigna.
Aquí no hay épica. Aquí hay desgaste. Un país que no puede garantizarle un desayuno a sus jóvenes no debería estar hablándoles de guerra. La guerra, si llega, no la van a pelear los que dan las órdenes, sino los que hoy sostienen un arma que no entienden, con un cuerpo que no aguanta. Y eso, más que indignación, da vergüenza.
Al final, lo más triste no es la imagen, es lo que representa. Una generación empujada a simular una fuerza que no tiene, a defender un sistema que no los defiende. Ese muchacho no necesita un lanzacohetes; necesita oportunidades, comida, futuro. En esta isla al revés, le dan guerra antes que vida. Y después se preguntan por qué nadie quiere quedarse.



