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Ni rezos ni incienso: Los monjes copistas eran los trolls amargados de la Edad Media

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Si alguna vez has entrado en una biblioteca de esas que huelen a humedad y sabiduría milenaria, seguro que te han vendido la moto: el monje copista como un ser de luz, envuelto en una nube de incienso, transcribiendo la palabra de Dios con una caligrafía perfecta mientras los ángeles le sujetan el tintero. Pues bajad del pedestal, que la realidad de los scriptoria medievales se parecía más a una oficina de atención al cliente en pleno agosto que a un retiro espiritual.

Aquí va el repaso a los «santos varones» que, entre Ave María y Ave María, estaban a un paso de quemar el monasterio.

1. El Twitter de la Edad Media: Las quejas al margen

Olvídate de la paz divina. Trabajar en un libro medieval era una tortura física. Pasaban horas sentados en taburetes de madera que te dejaban la espalda como un ocho, en salas donde el concepto de «calefacción» era una utopía.

¿Qué hacían cuando el abad no miraba? Usar los márgenes para desahogarse. En los manuscritos reales (esto no me lo invento, que no soy guionista de Netflix) se han encontrado perlas como:

«Gracias a Dios, pronto oscurecerá» (El clásico «me quiero ir a mi casa» de toda la vida).

«Escribir es un dolor en el culo» (Literalmente: Scribere est laboriosum).

«La luz es mala, el pergamino es una mierda y el texto es una estupidez».

Eran los reyes del postureo inverso. Mientras el texto principal hablaba de la salvación del alma, el margen gritaba: «¡Sacadme de aquí!».

2. El surrealismo gamberro: Conejos asesinos y penes voladores

Si creías que el humor absurdo lo inventaron los Monty Python, vas tarde. Los monjes, aburridos de copiar por milésima vez el Libro de los Salmos, se dedicaban a dibujar lo que hoy llamaríamos memes de alto voltaje. En las famosas marginalia puedes encontrar:

– Conejos psicópatas: Liebres degollando caballeros (el mundo al revés, muy divertido para ellos).

– Caracoles gigantes: Caballeros armados hasta los dientes huyendo de un caracol. Un mensaje sutil sobre la cobardía, o simplemente que el hidromiel de la cena pegaba fuerte.

– El festival del nabo: Sí, hay dibujos de genitales con alas o monjas recolectando «frutos» de árboles que… bueno, no eran precisamente manzanas. Trolear al Obispo que iba a leer eso era el deporte nacional del siglo XII.

3. «Huelga de celo» y el demonio de las erratas

¿Crees que los errores en los libros eran siempre accidentes? ¡Ja! A veces, si el texto era un tostón insufrible o el Abad era un tirano, el monje aplicaba la de «ay, se me ha pasado un párrafo». Incluso tenían un chivo expiatorio: Titivillus. Decían que era un demonio que recogía en un saco todas las letras y sílabas que los monjes se comían para luego echárselas en cara el día del Juicio Final. Una excusa maravillosa para justificar que, simplemente, estaban hasta el moño de copiar genealogías de reyes que no le importaban a nadie.

En resumen: Los monjes copistas no eran estatuas de sal. Eran tíos con frío, con hambre, con un humor muy negro y unas ganas locas de que llegara el domingo (si libraban los domingos) para dejar de oler a tinta y pergamino.

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