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A los 55 años, una mujer europea se cubrió el rostro con carbón, vistió harapos y comenzó a caminar por los pasos helados del Himalaya. Su objetivo era llegar a un lugar donde ningún extranjero tenía permitido entrar. La ciudad prohibida de Lhasa, en el Tíbet.
Su nombre era Alexandra David-Néel. Había nacido en París en 1868, en una época en la que el destino de la mayoría de las mujeres ya estaba escrito: casarse, administrar un hogar y vivir discretamente dentro de los límites que la sociedad consideraba apropiados.
Pero Alexandra nunca encajó en ese molde.
Mientras otras jóvenes aprendían bordado y normas sociales, ella pasaba horas en museos estudiando civilizaciones asiáticas y leyendo textos sobre budismo y filosofía oriental. A los 18 años ingresó en la Sorbona para estudiar lenguas orientales, algo poco común para una mujer de su tiempo.
A los 23 años recibió una pequeña herencia. Y tomó una decisión impensable para la época. Se marchó sola a la India.
Allí estudió sánscrito, practicó yoga y vivió cerca de comunidades espirituales. Pero cuando el dinero se agotó tuvo que regresar a Europa, donde se reinventó como cantante de ópera y actuó durante años en teatros importantes.
El éxito, sin embargo, no la hacía feliz. En 1904 se casó con Philippe Néel, un ingeniero francés. Durante un tiempo intentó vivir la vida que se esperaba de ella, pero su inquietud por Asia nunca desapareció.
En 1911 tomó una decisión radical. Le dijo a su esposo que regresaría a Asia y que no sabía cuándo volvería.
Contra toda expectativa, Philippe aceptó apoyarla. Durante décadas mantuvieron una relación basada en la libertad: él permaneció en Europa y ella recorrió Asia, mientras se escribían cartas y él la ayudaba económicamente.
Durante los siguientes años Alexandra viajó por India, China, Mongolia y el Himalaya. Estudió budismo con maestros tibetanos, aprendió varios dialectos locales y pasó incluso largos periodos viviendo en cuevas de montaña mientras practicaba meditación.
Adoptó como hijo y compañero de viaje a un joven monje llamado Aphur Yongden, quien la acompañaría durante más de cuarenta años. Pero había un lugar que la obsesionaba. Lhasa.
En aquella época la capital tibetana estaba completamente cerrada a los extranjeros. Exploradores, expediciones y aventureros habían intentado entrar sin éxito. Alexandra decidió intentarlo de otra manera.
En 1923, con 55 años, comenzó el viaje junto a Yongden. Se disfrazó de peregrina tibetana pobre: oscureció su piel con hollín, vistió ropa gastada y caminó encorvada para parecer una anciana.
Durante meses cruzaron el Himalaya a pie, evitando rutas vigiladas y sobreviviendo con comida que conseguían mendigando.
Finalmente, en febrero de 1924, lograron entrar en Lhasa. Alexandra David-Néel se convirtió así en la primera mujer occidental que logró entrar en la ciudad prohibida del Tíbet.
Vivió allí durante dos meses, mezclada entre peregrinos y monjes, observando y estudiando una cultura que durante siglos había permanecido cerrada al mundo occidental. Después regresó a Europa convertida en una figura famosa.
Se instaló en la Provenza francesa y comenzó a escribir. Publicó más de treinta libros sobre budismo, filosofía asiática y sus viajes por el Himalaya. Sus obras influyeron profundamente en la manera en que Occidente comenzó a comprender el budismo tibetano.
Recibió numerosos reconocimientos, incluida la Legión de Honor de Francia.
Alexandra David-Néel murió en 1969, poco antes de cumplir 101 años.
Había pasado más de un siglo haciendo exactamente aquello que su época consideraba imposible para una mujer: viajar sola por el mundo, estudiar tradiciones espirituales lejanas y cruzar montañas para llegar a lugares donde nadie esperaba verla.
Su vida se convirtió en la prueba de que muchas de las fronteras que parecen imposibles… existen solo porque alguien decidió aceptarlas.