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Por Yoyo Malagón ()
Madrid.- Fue más un derbi de arañazos que de fútbol. De esos que duelen en los huesos, que se juegan con el estómago encogido y la respiración entrecortada. El Real Madrid, agarrado con uñas y dientes a una Liga que se le escapaba, encontró en la necesidad el mejor combustible. Porque enfrente estaba el Atlético, ese vecino que no pedía nada más que fastidiar, pero que lo hace con una saña tan hermosa como cruel.
Y en este ring, cuando la sangre sube a la cabeza, el Madrid de Arbeloa se crece. Siempre. Tiene a Vinicius, ese chico al que silban hasta las piedras del Metropolitano, y que anoche decidió que era suya la noche. Dos goles, el segundo después de cambiar de sombra, para recordar que, aunque le marquen, el cariño se lo gana él solito.
Arbeloa fue valiente, de eso no hay duda. Dejar a Mbappé y Bellingham en el banquillo con el derbi caliente es de tener personalidad, pero él sabía que su equipo funcionaba con los que sudaron la semana pasada. Mantuvo a Thiago y Brahim, esos que hacen que Valverde vuele y Vinicius brille.
Enfrente, el Cholo hizo lo que sabe: puso a Griezmann, que vive para estos días, y a Koke, que siente el derbi como si le fuera la vida en cada entrada. Escribió un plan perfecto en el Metropolitano hace semanas, y ayer intentó repetir la dosis. Pero el fútbol, a veces, es muy ingrato.
El partido arrancó como un tren de mercancías. Carvajal sacó una volea que asustó a Musso, y Valverde hizo una de esas arrancadas suyas, la del City, para dejar atrás a medio mundo, pero el palo dijo que no. Y cuando el Madrid olía a gol, apareció Griezmann para recordar que esto es un derbi. Cayó a la derecha, sirvió a Llorente y Lunin, con una parada que vale puntos, mantuvo a su equipo con vida. El Atlético avisaba, mordía, pero el Bernabéu todavía no sabía lo que se le venía encima.
Porque el Madrid tuvo la pelota, la acarició, la buscó, pero se encontró con un muro llamado Llorente. El chico del Atlético se crio en la casa de al lado y anoche demostró que conoce cada truco. Vinicius no podía con él, y Thiago, que es puro pulmón, empezó a perder el hilo.
En una de esas, en una persecución desordenada, Carvajal se fue detrás de Griezmann y dejó un hueco. Lookman cayó por derecha, nadie le siguió, y Giuliano, con una inteligencia que asusta, le puso el gol en la bota. 0-1. Misión cumplida para los de rojo y blanco. Se iba al descanso con ventaja y con la sensación de que el Madrid se desesperaba.
Pero entonces pasó lo que siempre pasa en el Bernabéu cuando las cosas se tuercen. Le Normand no salió, el Madrid subió una marcha y el partido se convirtió en una emboscada. Brahim, ese mago de los espacios pequeños, encontró el resorte. Control, amago, piscina y penalti.
Vinicius, que a veces se nubla, esta vez la puso impecable. 1-1. Y en dos minutos, todo cambió. Ruggeri se durmió, Giménez fue blando y Valverde, que es un toro, le robó la cartera. Panza arriba el derbi. El Madrid olía la sangre y se lanzó a por ella.
Pero el Atlético no se achanta. El Cholo movió ficha, metió a Nahuel y el destino le puso un zapatazo de tres dedos desde 30 metros que se coló en la escuadra. Golazo. Temblor de piernas en el Bernabéu. Parecía que se escapaba otra vez, pero entonces apareció Trent para abrir el campo, Vinicius se encontró sin su sombra, recortó a Baena y la clavó junto al palo. 3-2.
Locura. Tanta, que Valverde se pasó de frenada y vio la roja en el 77’. Con diez, el Madrid se metió atrás y el Atlético lo intentó todo. Sorloth, Llorente, Julián… pero el palo, Lunin y un puñado de corazón blanco dijeron que no. Ganó el que más lo necesitaba, y LaLiga, de milagro, sigue viva.