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En la Cuba de 2026, el futuro no llega por cable de fibra óptica ni en estaciones de carga para vehículos eléctricos; llega en un saco de yute lleno de carbón vegetal. Mientras la cúpula de GAESA se pasea en Mercedes-Benz con el tanque lleno, Juan Carlos Pino, un mecánico de Sancti Spíritus con más ingenio que todo el Ministerio de Energía y Minas, ha tenido que convertir su Fiat Polski de 1980 en una cafetera térmica para no quedarse varado en la miseria.
Si ese «polaquito» alcanza los 40 km/h quemando marabú, Pino no es solo un mecánico; es la prueba viviente del colapso logístico y la crisis energética en Cuba.

Lo que este hombre ha logrado en su patio no es un «invento» de feria, es una bofetada de termodinámica a la incapacidad del régimen. El sistema se basa en la gasificación de biomasa, una tecnología rescatada de la Segunda Guerra Mundial que convierte el sólido en gas combustible.
No nos engañemos con eufemismos románticos. Lo de Pino es una proeza individual, pero el contexto es una humillación nacional. ¿En qué parte del mundo un ciudadano tiene que jugarse la vida respirando monóxido de carbono —el perfume de la «continuidad»— para poder ir a buscar el pan?
Llamar a esto «innovación» es un insulto. Es el retroceso forzado de una nación. Pino es un héroe porque, con apenas octavo grado, ha descifrado cómo burlar el bloqueo interno que imponen los que tienen el petróleo asegurado. Su Fiat Polski, que en condiciones óptimas apenas rozaba los 60 km/h, hoy es un monumento a la dignidad que camina a paso de tortuga, soltando un humo negro que es el retrato fiel de nuestra economía.

En Cuba, vamos a 40 por hora. Perdiendo potencia, limpiando hollín cada diez kilómetros y cargando un reactor de hierro en el maletero porque la dictadura se bebió hasta el último litro de combustible.
Que Pino logre mover su cacharro no es una victoria del sistema, es el acta de defunción de un modelo que nos obligó a cambiar la gasolina por leña. El cubano es demasiado grande para un gobierno tan mediocre que nos ha convertido en una potencia de carboneros.
Si para mover un Polski hace falta un reactor nuclear de marabú, para mover a Cuba va a hacer falta mucho más que un cambio de filtros: hace falta sacar las cenizas del poder.