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A comienzos del siglo XIX, en la calle Saint Honoré de París, cada tarde se repetía una escena que parecía salida de una sátira aristocrática.
Una fila de carruajes avanzaba lentamente. Cocheros uniformados. Cojines de seda. Y dentro… perros vestidos como nobles.
El responsable de aquel desfile era Francis Henry Egerton, aristócrata inglés nacido en 1756. Educado en instituciones prestigiosas y heredero de una considerable fortuna, decidió instalarse en París tras obtener su título en 1823. Afirmaba no simpatizar con la ciudad, pero adquirió una amplia residencia en una de sus calles más elegantes.
Allí organizó una vida centrada en sus perros.
Algunos comían en la mesa sobre sillas diseñadas especialmente para ellos. Vestían prendas confeccionadas a medida, llevaban servilletas al cuello y eran atendidos por sirvientes. Según crónicas de la época, el conde comentaba con ironía que se comportaban mejor que muchos caballeros.
Cuando dos de sus favoritos rompieron cierta disciplina, ordenó que se les vistiera con libreas de servicio y permanecieran unos días en las dependencias secundarias de la casa. Para él, incluso los animales debían ajustarse a un código.
La residencia se convirtió en un espacio dedicado casi por completo a sus mascotas: tapices, muebles lujosos y personal encargado de su cuidado.
Sus hábitos personales también llamaban la atención. Poseía una colección extensa de zapatos y afirmaba usar un par distinto cada día del año. Guardaba los usados sin limpiarlos, convencido de que, al observarlos doce meses después, podría recordar el clima y las circunstancias de aquella jornada.
También practicaba la caza, aunque su vista deficiente lo llevaba a depender en exceso de preparativos previos para asegurar la jornada. Importó animales y personal desde Inglaterra para recrear en su propiedad escenas que evocaran el campo británico.
Fue igualmente un gran comprador de libros. A su muerte, en 1829, dejó bibliotecas llenas de volúmenes y una fortuna distribuida según sus disposiciones personales. Sus perros, que habían ocupado el centro de su vida cotidiana, no figuraron como herederos directos.
Egerton no pasó a la historia por reformas políticas ni por hazañas militares. Su nombre quedó asociado a la extravagancia y a un estilo de vida que convirtió lo cotidiano en espectáculo.
En una ciudad acostumbrada al lujo, logró destacar.
A veces, el recuerdo no lo dejan las grandes decisiones de Estado, sino los carruajes llenos de perros vestidos como aristócratas atravesando la tarde parisina.