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Por Datos Históricos
La Habana.- En 1981 se patentó una idea tan extraña como inquietante. Un tubo de respiración diseñado para usarse… dentro de un baño.
No era un accesorio cómodo. No era elegante. Era un último recurso.
El concepto era simple. En un incendio, el humo asciende y las habitaciones se llenan rápidamente de gases tóxicos. Muchas personas quedan atrapadas en hoteles o viviendas sin poder salir por los pasillos.
El baño, con sus azulejos y su menor carga de materiales inflamables, suele ser uno de los espacios más resistentes al fuego. La invención proponía instalar un conducto que permitiera acceder a aire relativamente más limpio desde una zona más baja o exterior, ofreciendo minutos adicionales de respiración. Minutos que pueden marcar la diferencia.
La imagen resulta extraña. Una persona refugiada en la bañera, puerta sellada con toallas húmedas, utilizando un tubo como única conexión con el aire. No es una escena heroica. Es una escena de supervivencia.
En teoría, podría haber salvado vidas en incendios donde el humo fue el verdadero enemigo. Porque en muchos casos, no es el fuego lo que asfixia primero, sino los gases calientes que llenan el espacio.
Sin embargo, como ocurre con muchas patentes, la idea no se popularizó. No llegó a convertirse en un estándar en hoteles o edificios residenciales.
Tal vez parecía demasiado incómoda. Tal vez demasiado extrema. Tal vez demasiado poco estética para imaginarla instalada en cada baño.
Y sin embargo, detrás de esa invención hay una verdad incómoda: en situaciones límite, la supervivencia no es elegante. Es práctica.
Puede que el aire no fuera agradable. Puede que el humo siguiera filtrándose. Pero si ofrecía algunos minutos más… esos minutos podían ser todo.
A veces los inventos más extraños nacen del mismo impulso que los más brillantes.
La necesidad de seguir respirando.