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Por Albert Fonse ()
Vancouver.- He escuchado el audio de la madre de Luis Miguel Oña Jiménez y todavía me cuesta procesarlo. No es un discurso político, no es una consigna, no es un análisis ideológico. Es una madre quebrada. Es el sonido más humano posible frente al aparato más frío imaginable. Esa dictadura primero lo condenó injustamente, luego le negó la atención médica necesaria y, cuando ya lo vio demasiado débil, lo envió a morir a su casa. Eso no es burocracia ni negligencia administrativa. Eso es un asesinato premeditado.
Luis Miguel tenía 23 años cuando salió a manifestarse pacíficamente el 11 de julio. La edad en la que se sueña, se pelea por ideales, se cometen errores si hace falta, pero se vive. Fue condenado por ejercer un derecho elemental: protestar. Lo acusaron de sedición como si hubiera encabezado un ejército. En realidad, lo que hizo fue caminar por su barrio y gritar lo que millones piensan.
La secuencia es brutal y lógica al mismo tiempo. Primero la condena desproporcionada. Luego el deterioro físico dentro del sistema penitenciario. Después la enfermedad. Finalmente la excarcelación cuando ya no hay nada que salvar, cuando la muerte es inminente y el régimen necesita lavarse las manos. El patrón se repite: liberar al moribundo para que la estadística no pese dentro de los muros. Algo que han hecho históricamente.
No puedo evitar pensar en mi hermano, Roberto Pérez Fonseca. Ya comenzaron por manipular resultados médicos, ocultar diagnósticos y administrar la salud como herramienta de presión. Si a mi hermano le sucede algo, será culpa de la dictadura cubana.
Ayer escuché nuevamente al presidente hablar de negociaciones que estarían siendo lideradas por Marco Rubio. En cualquier conversación diplomática con La Habana existe una línea roja que no debería negociarse jamás: la libertad inmediata de los presos políticos. No como gesto simbólico. No como ficha de intercambio. Como condición inicial. Como punto de partida innegociable.
La libertad de los presos políticos no es un detalle dentro de una negociación. Es la línea que separa la diplomacia de la impunidad.