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Cuando el comunismo nos dio hamburguesas (y nos las quitó)

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Por Ileana Medina ()

Santa Cruz de tenerife.- Hoy, en el almuerzo, les contaba a mis hijos la primera vez en mi vida que comí una hamburguesa.

Era el año 1990. Yo tenía 17 años y acababa de llegar a La Habana a estudiar Periodismo.

El muro de Berlín, el comunismo soviético y Europa del Este recién caían, y Cuba perdía la financiación externa que venía del CAME, es decir, toda su no-economía abastecida por la URSS. Las tiendas cerraban como moscas: todas las que vendían ropa y zapatos por la tarjeta de racionamiento desaparecieron. La mayoría de los restaurantes y cafeterías —estatales, por supuesto— también cerraron, o solo vendían muy pocas cosas. Las croquetas de El Recodo, de casi solo harina, nos mataban el hambre; nos acostábamos cada noche con ruido de tripas. En el comedor escolar solo daban unas bandejas de arroz blanco (con piedras y gusanos incluidos), col cruda y sopa de col.

En medio de eso —no sé por qué, si era un plan que venía de antes—, el gobierno había abierto por primera vez unas hamburgueserías que la gente, con la guasa cubana de siempre (hoy ya no queda ni guasa), llamó McCastros.

Recuerdo perfectamente la primera cola que hicimos en una que había en Paseo y Malecón, frente al Cohiba. Al entrar, comimos aquel pan suave, hasta con sus granos de sésamo, la hamburguesa, el ketchup, papas fritas y unas jarras de refresco «prieto», y nos sentíamos alucinados, ¡como si hubiéramos arribado al capitalismo!

A los dos o tres meses, ya el pan no tenía sésamo, no había papas, ni jarras, ni tampoco refresco. Llegó a no haber ni pan, y vendían solas aquellas hamburguesas cuyos ingredientes —cualquiera sabe lo que tenían dentro—.

Las colas desaparecieron, porque los tickets para entrar a comprar los repartían en los centros de trabajo y en la Facultad. Los dirigentes de la FEU y de la Juventud Comunista repartían unos cartoncitos con el derecho a ir a comprar una hamburguesa. ¿Era en F y 21 la que nos quedaba más cerca de la Facultad?

Nos reímos.

Acto seguido, conté que en los años 70 y 80, para poder comprar un televisor o un ventilador —ya no digamos un carro o una casa—, se hacían asambleas por centros de trabajo donde la gente se chivateaba unas a otras, se fajaban y hasta llegaban a las manos por el derecho a comprar un electrodoméstico.

Ay, el comunismo: quien no lo ha vivido no puede ni imaginarlo.

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