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Imagina una cárcel con un muro de quinientos metros. Un muro frío, largo, aparentemente eterno.
No hay dinamita.
No hay maquinaria pesada.
Solo un martillo pequeño en la mano.
El primer golpe apenas suena.
El segundo levanta un poco de polvo.
El tercero parece inútil.
Pero el túnel no se abre con un acto heroico ni con una explosión cinematográfica.
Se abre con constancia.
Con paciencia.
Con miles de golpes discretos que, vistos de uno en uno, parecen nada… pero juntos cambian la historia.
Así funciona la resistencia civil moderna.
Este marco teórico ayuda a entender fenómenos que hoy vemos también en la realidad cubana.
En los años setenta, el politólogo Gene Sharp hizo algo que pocos habían hecho con tanta claridad: puso orden en la resistencia no violenta. Identificó 198 métodos distintos de acción cívica. Su idea era sencilla, casi de sentido común: el poder no es una roca maciza caída del cielo. Es una red de cooperaciones humanas. Y si esa cooperación se retira, aunque sea poco a poco, el sistema comienza a resentirse.
Pilares de la dictadura cubana 👉 https://elvigiadecuba.com/pilares-dictadura-cubana/
Décadas después, el investigador Michael Beer amplió ese mapa hasta superar las 328 tácticas documentadas en el siglo XXI. No porque el mundo se haya vuelto más dramático, sino porque las maneras de actuar se multiplicaron con la tecnología, la globalización y la interconexión digital.
La actualización no fue solo sumar números. Fue entender que el escenario cambió. Al final del articulo te mostramos 50.
Beer reorganizó todo en tres comportamientos humanos básicos, tan simples que cualquiera puede entenderlos:
Nada más. Tres formas de relacionarse con el poder. Tres maneras de dar o retirar apoyo.
Entre Sharp y Beer ocurrió algo que transformó el tablero: la revolución digital.
El proyecto Civil Resistance 2.0, impulsado por Mary Joyce, mostró que las tácticas clásicas no habían quedado viejas. Solo necesitaban nuevas herramientas.
Antes:
Ahora:
La esencia no cambió.
Cambió la velocidad.
Cambió el alcance.
Cambió la posibilidad de que lo pequeño se multiplique.
Sharp ya incluía acciones como declaraciones públicas, uso de símbolos, arte político, humor y actos silenciosos. No todo es gritar. A veces basta insinuar.
En su versión digital, esas tácticas pueden verse como:
Pensemos en algo simple: un video de un minuto en silencio con una frase como “No me puedo quejar”.
No acusa.
No señala.
No convoca.
Pero se entiende.
Y cuando muchos repiten el mismo gesto, deja de ser una ocurrencia aislada y se convierte en lenguaje compartido.
Las tácticas de “decir” no cambian leyes de inmediato. Cambian el clima. Cambian la conversación. Y en los sistemas cerrados, la conversación es un terreno decisivo.
Sharp veía la no cooperación como el corazón de la resistencia: boicots, huelgas, desobediencia.
Pero en el contexto cubano, el “no hacer” tiene un nombre histórico que muchas veces se interpreta mal: la apatía política.
Durante años se ha hablado de apatía como sinónimo de derrota o resignación. Sin embargo, desde la teoría de la resistencia civil, puede leerse de otra manera: como un retiro silencioso de cooperación.
No participar con entusiasmo.
No repetir consignas con convicción.
No involucrarse más allá de lo imprescindible.
No poner energía donde no hay esperanza.
Eso no siempre nace del miedo. A veces nace del desgaste. O de la lucidez.
En el entorno digital, esta lógica adopta formas más sutiles:
En la era de los algoritmos, la atención es una moneda. Cada clic es un pequeño respaldo. Y su ausencia también comunica.
Vista desde esta perspectiva, la apatía puede ser entendida no como indiferencia total, sino como una forma mínima de distancia. No es un acto épico. No es visible. No hace ruido.
Pero en sistemas que dependen de participación constante —aunque sea formal o ritual— el desinterés acumulado erosiona el entusiasmo obligatorio.
A veces, no hacer es una manera discreta de decir: hasta aquí.
Aquí está una de las grandes aportaciones del siglo XXI.
No se trata solo de cuestionar lo que existe, sino de crear algo distinto:
No es tumbar el muro de frente.
Es empezar el túnel desde varios puntos.
Es demostrar que la sociedad tiene más imaginación que el miedo.
Basta ver cómo, en cuestión de horas, una historia grabada desde un teléfono en cualquier barrio de la isla puede recorrer grupos, cruzar fronteras y terminar comentándose en la mesa de un edificio o en la cola del pan. Ese recorrido —de la pantalla al comentario en voz baja— ya está ocurriendo.
En el caso cubano, durante décadas el control informativo fue uno de los pilares más sólidos del sistema. La versión oficial marcaba el ritmo de la conversación pública.
La llegada de internet móvil abrió una rendija. No cambió todo de un día para otro, pero alteró el equilibrio.
Hoy la disputa no es solo física. Es narrativa. Es simbólica. Es cultural.
La resistencia digital no se mide por fuegos artificiales. Se mide por acumulación:
No son martillazos que derriban el muro en una tarde.
Son golpes constantes que debilitan la sensación de que todo es inamovible.
Basado en las investigaciones de Gene Sharp y Michael Beer.
Estas tácticas buscan romper el monopolio de la verdad y cambiar la narrativa pública.
El retiro de apoyo es el arma más fuerte. Si el ciudadano no coopera, el sistema se detiene.
No solo se trata de oponerse, sino de construir la alternativa hoy mismo.
«Ningún muro es eterno cuando miles de manos, con paciencia y determinación, deciden golpear durante el tiempo necesario.»
También hay que decirlo sin ingenuidad.
Publicar una denuncia no es el final del camino. Es apenas el comienzo.
Las redes sociales dan una sensación inmediata de desahogo: se publica, se comparte, se comenta… y parece que algo ya cambió. Pero el algoritmo no construye comunidad por sí solo. El algoritmo distribuye contenido; no crea confianza.
Y sin confianza real, el túnel no avanza.
El riesgo es creer que el impacto termina en la pantalla. Que un video viral equivale a transformación. Que un texto compartido ya hizo su trabajo.
No.
El verdadero efecto comienza cuando ese mensaje digital se convierte en conversación entre vecinos. Cuando la frase publicada se transforma en mirada cómplice en la esquina. Cuando el gesto repetido en redes se convierte en reconocimiento mutuo fuera de ellas.
El túnel necesita algo más que publicaciones aisladas. Necesita que lo que se dice en línea genere vínculos reales.
Y aquí hay otra lección importante: no se trata de que publique uno.
Se trata de que publiquen muchos.
Un solo golpe suena débil.
Mil golpes marcan ritmo.
En sistemas donde el poder descansa en la sensación de aislamiento —»soy el único que piensa así»— la multiplicación es clave. La fuerza no está en el héroe solitario, sino en la repetición colectiva.
Por eso, el desafío no es solo hablar. Es lograr que hablar deje de ser excepción y se convierta en algo cotidiano.
El activismo digital puede quedarse en descarga emocional si no se sostiene en vínculos reales, repetición colectiva y persistencia.
La pantalla conecta, pero la confianza se construye con tiempo, cercanía y reconocimiento. Sin confianza compartida, el túnel no avanza. Sin repetición colectiva, el martillo no deja huella.
Que hoy existan más de 328 tácticas documentadas no significa que haya 328 fórmulas mágicas.
Significa algo más profundo: las personas tienen más herramientas que nunca para expresar, retirar o reorganizar poder.
Algunas acciones son pequeñas.
Algunas parecen insignificantes.
Algunas apenas levantan polvo.
Pero los sistemas autoritarios no se sostienen solo con fuerza.
Se sostienen con obediencia cotidiana, con silencio prolongado y con la sensación de que nada puede cambiar.
Cuando suficientes pequeñas acciones erosionan esa sensación, el muro empieza a perder su carácter de eternidad.
Un túnel de quinientos metros no se abre con rabia momentánea.
Se abre con disciplina y persistencia.
Cada gesto digital puede parecer mínimo.
Un grano de arena.
Un golpe discreto de martillo.
Pero la historia demuestra algo que los pueblos conocen bien:
ningún muro es eterno cuando miles de manos, con paciencia y determinación, deciden golpear durante el tiempo necesario.
Nota del Editor: ¿Cuál es tu martillo? La resistencia no siempre es un grito; a veces es el silencio que decide no colaborar con la mentira. Comparte este texto si crees que el túnel ya ha comenzado.
Explora las 50 tácticas clave para el cambio social y digital.