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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
— Un tema de cultura, que hace la diferencia —!!
Houston.- Hay descubrimientos que se hacen con barcos, velas y banderas. Y hay otros —más raros y más profundos— que se hacen con un cuaderno, instrumentos científicos y una mente lúcida. A Cuba la vio Colón. Pero Cuba la entendió Humboldt. Por eso la historia, con justicia, lo recuerda como “el segundo descubridor de Cuba”.
Alexander von Humboldt, prusiano (alemán), nacido en Berlín en 1769 y fallecido en la misma ciudad en 1859, no llegó a la isla como conquistador ni como funcionario colonial. Llegó como lo que era: Un científico de estatura excepcional, de esos que miran el mundo como si fuera un libro abierto… y se empeñan en leerlo completo.
Humboldt estuvo en Cuba dos veces: entre 1800–1801 y luego en 1804. Y su modo de “viajar” era distinto al de los curiosos de su época. Mientras otros buscaban exotismo, él buscaba explicaciones. Mientras muchos describían con adjetivos, él describía con datos.
Se movía con barómetros, brújulas, cuadernos, mapas, observaciones del clima, del suelo, de los vientos, de la vegetación y de la vida social. No era un turista: Era un investigador.
La Habana, por ejemplo, no le interesó solo por sus fortalezas o su belleza. Le interesó como sistema. Quiso saber cuántos vivían allí, cómo crecía la ciudad, qué entraba y qué salía del puerto, cómo circulaba el dinero, quién prosperaba y quién cargaba con el peso. Su mirada fue moderna: No se quedó en la superficie.
Pero si hubo un tema donde su lucidez resultó casi profética fue el del azúcar. Humboldt entendió que Cuba se estaba transformando en una gran máquina económica, y que el combustible humano de esa máquina era la esclavitud. Y aquí aparece una de sus grandezas: no se calló. No se hizo el neutral. Señaló la brutalidad del sistema esclavista y advirtió sobre el precio moral y social que se pagaba por aquella “prosperidad” tan celebrada.

Y hay un detalle revelador que retrata al hombre. Humboldt no se limitó a condenar la esclavitud como un acto cruel contra los africanos; Fue más lejos, con una lucidez moral que escaseaba en su época. Dejó escrito —y lo sostuvo sin titubeos— que aquel sistema no solo destruía al esclavo, sino que también envilecía al amo, deformaba las costumbres y corrompía la vida pública. Es decir: Para Humboldt, la esclavitud era un crimen humano, pero también una ruina social. Y por eso sus observaciones fueron tan incómodas para los que celebraban el azúcar como si fuese una gloria limpia.
De todo ese estudio nace su obra monumental: el “Ensayo político sobre la isla de Cuba”, un libro que no es solo geografía, ni solo economía, ni solo crónica de viaje. Es, en realidad, una radiografía completa de la isla en el siglo XIX. Humboldt analiza naturaleza, población, comercio, producción, desigualdad y futuro. Y lo hace con un rigor que aún hoy sorprende.
Por eso se le llama el segundo descubridor: Porque su descubrimiento no fue de tierras, sino de realidades. No plantó banderas, no fundó ciudades, no disparó cañones. Su conquista fue otra: Conquistó el conocimiento.
Así las cosas:
Colón descubrió a Cuba en el mapa. Humboldt la descubrió en la verdad.
Y ese tipo de descubrimiento, el que ilumina a un país con ciencia, no se olvida.