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El Registro Militar es una obligación impuesta

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Por Yeison Derulo

Santiago de Cuba.- El Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, amparado en el Decreto Ley No. 224 “Del Servicio Militar”, fechado el 13 de octubre de 2001, ha convocado a los jóvenes varones nacidos en 2010 a formalizar su inscripción en el Registro Militar entre enero y marzo de 2026.

La medida, presentada como un procedimiento administrativo rutinario, vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda. En Cuba, el Estado sigue teniendo prioridad absoluta sobre la vida y el futuro de sus adolescentes. Antes de pensar en una universidad, en un oficio o en emigrar, el joven debe pasar primero por el filtro verde olivo.

Según la convocatoria oficial, la inscripción se realizará en el área de atención correspondiente a cada lugar de residencia, los martes de 8:00 a.m. a 12:00 m y de 2:00 p.m. a 6:00 p.m. Además, los jueves de 8:00 a.m. a 12:00 m, así como en las oficinas de los comités militares municipales. Todo perfectamente estructurado, todo bien calendarizado. Lo que no se menciona en el lenguaje frío del decreto es la presión social y política que recae sobre familias enteras cuando un hijo intenta evadir ese trámite.

Para completar la inscripción, cada joven deberá presentar su Tarjeta de Menor o Carné de Identidad y recibirá un comprobante como constancia. Así, papel en mano, el Estado certifica que ese muchacho ya está en su radar. No importa si en su casa falta la comida o si estudia con apagones de diez horas. Tampoco importa si su aspiración es simplemente irse del país. Al contrario, lo esencial para la dictadura es garantizar el relevo de una estructura militar que consume recursos. Mientras tanto, el sistema de salud y la infraestructura civil se caen a pedazos.

El Servicio Militar Obligatorio ha sido durante décadas una herramienta de control más que una necesidad estratégica transparente. En un país donde no existe debate público real ni posibilidad de objetar por conciencia sin consecuencias, la obligatoriedad funciona como una extensión del aparato político. Se habla de disciplina, de defensa de la patria y de compromiso revolucionario. Sin embargo, se calla el costo humano: jóvenes enviados a unidades con condiciones precarias, expuestos a accidentes, abusos o a una pérdida de tiempo vital en medio de una crisis nacional sin precedentes.

Mientras tanto, los hijos de la élite rara vez enfrentan las mismas carencias que el resto. En la Cuba real, la que hace colas y sobrevive a apagones interminables, las familias reciben esta convocatoria con más resignación que entusiasmo. No es un honor lo que sienten; es miedo e incertidumbre. Así, año tras año, la dictadura asegura su maquinaria. Recluta adolescentes en nombre de una “defensa” que nunca consulta al pueblo, pero que siempre exige sacrificio.

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