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Por Oscar Durán

La Habana.- Estoy cansado de resistir. Y lo digo sin épica y sin consignas. Cansado de que me pidan aguante mientras ustedes viven con combustible garantizado, con la nevera llena y con luz las 24 horas. Yo no vine a este mundo a resistir apagones de 32 horas, ni a hacer colas infinitas para comprar dos libras de arroz, ni a fingir gratitud por las migajas. Vine a vivir con dignidad. Y dignidad no es sobrevivir; dignidad es elegir, prosperar, caminar sin miedo.

La dictadura ha convertido la palabra “resistencia” en un chantaje moral. Resiste tú, que no tienes medicamentos. Resiste tú, que cobras un salario que no alcanza ni para empezar el mes. Resiste tú, que ves cómo tus hijos se van del país porque aquí no hay futuro. Mientras tanto, los que exigen sacrificio no sacrifican nada. Ellos no conocen la miseria que administran. Ellos no sienten el apagón, porque nunca se les apaga el privilegio.

Nos piden paciencia desde sus mansiones, creatividad desde sus carros modernos, compromiso desde sus viajes al extranjero. El país está en opción -5, pero ellos jamás estarán en negativo. Siempre caen parados. Siempre tienen un plan B. Siempre tienen una cuenta afuera. Y aun así, tienen el descaro de hablarnos de moral, de soberanía, de orgullo. ¿Orgullo de qué, sinvergüenzas de mierda? ¿De un pueblo que come menos cada día? ¿De hospitales sin insumos? ¿De jóvenes que sueñan con escapar?

Yo no quiero heroísmo forzado. No quiero medallas por aguantar. No quiero que mis hijos aprendan que vivir es resistir. Vivir es avanzar, es tener proyectos, es levantarte sabiendo que tu esfuerzo vale la pena. Aquí el esfuerzo no vale nada si no estás arrodillado. Aquí el mérito no cuenta si no repites el guion. Y eso, señores dictadores, no es vida. Es secuestro prolongado.

Algún día la justicia llegará. No sé si será divina, histórica o simplemente humana, pero llegará. Cuando llegue -porque llegará-, no habrá discurso que los salve ni consigna que los proteja. El daño que le han hecho a millones de almas inocentes no se borra con propaganda. Ese día, cuando el país vuelva a ser de sus ciudadanos y no de una cúpula aferrada al poder, entonces sí podremos dejar de resistir. Y empezar, por fin, a vivir.

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