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Por Max Astudillo ()
La Habana.- «Condénadme, no importa, la historia me absolverá». Aquella frase, pronunciada por Fidel Castro el 16 de octubre de 1953 en el tribunal que lo juzgaba por el asalto al cuartel Moncada, se convirtió en el eje profético de su leyenda. Setenta y tres años después, la historia ha tenido tiempo de sobra para emitir su veredicto.
Y no, comandante, no lo ha absuelto. La historia —esa que usted invocó como juez supremo— ha acumulado pruebas, testimonios y cifras que dibujan un rostro muy distinto al del redentor que imaginaba. Lo que la historia ha hecho, en realidad, es absorberlo: engullirlo en sus páginas como un dato más, como un personaje trágico que prometió el cielo y entregó un infierno de colas y desesperanza.
El llamado «programa del Moncada», ese documento que las editoriales castristas han reproducido hasta el agotamiento, prometía cosas concretas: devolver la tierra a los campesinos, garantizar educación y salud para todos, industrializar el país, diversificar la economía, acabar con la corrupción. Era un programa reformista, incluso moderado para la época. Nada que ver con el marxismo-leninismo que luego impuso.
Pero lo relevante no es su contenido, sino su destino: fue papel mojado. Ninguna de aquellas promesas se cumplió como se anunciaba. La tierra no fue para quien la trabajaba, sino para granjas estatales que la convirtieron en desierto. La educación y la salud, sí, se expandieron —y eso hay que reconocerlo—, pero al precio de convertirse en armas ideológicas y, con el tiempo, en ruinas sin mantenimiento. La industrialización nunca llegó. La diversificación económica se trocó en monocultivo del azúcar primero, del turismo después, de las remesas siempre.
Lo más grave, sin embargo, es el balance humano. Cuba, en 1958, era un país con indicadores económicos envidables en América Latina: el cuarto ingreso per cápita de la región, una industria desarrollada, una clase media pujante.
Sesenta y siete años después, es un páramo. Los cubanos emigran como nunca antes —más de un millón en los últimos cinco años— porque ya no pueden vivir en su tierra. Los que se quedan sobreviven con un salario de miseria, sin electricidad estable, sin medicinas, sin esperanza. Y mientras tanto, el régimen que prometió liberarlos los ha condenado a la peor de las esclavitudes: la de no poder escapar de la pobreza sin abandonar el país.
La represión ha sido constante, y en algunos momentos, brutal. El castrismo no solo reprimió más que ningún gobierno anterior: institucionalizó la represión como método de gobierno. Fusiló a decenas de inocentes en los primeros años. Separó familias con la política de «hijos de puta» que impedía la reunificación.
Y, sí, asesinó niños. El caso del remolcador «13 de Marzo» es apenas una muestra: en 1994, una lancha que intentaba llegar a Estados Unidos fue embestida por una patrullera cubana, causando la muerte de más de cuarenta personas, entre ellas niños y mujeres. No hubo investigación independiente, no hubo disculpas, no hubo justicia. Solo el silencio cómplice de quienes aún defienden lo indefendible.
Y todo lo que Fidel Castro criticó en sus alegatos —el latifundio, la corrupción, el enriquecimiento ilícito, el nepotismo— lo reprodujo su familia y su círculo íntimo con creces. Los Castro Soto del Valle, los hijos de Raúl, los allegados al poder, han construido un imperio económico a la sombra del Estado.
Tienen sus propias clínicas, sus tiendas exclusivas, sus escuelas privadas. Viven en un país paralelo mientras el pueblo se muere de hambre. La diferencia con Batista no es de naturaleza, sino de escala: Batista robaba para él y su camarilla; la casta castrista ha robado el país entero, lo ha hipotecado, lo ha dejado en ruinas. Y aún así, exigen lealtad.
No, comandante. La historia no lo ha absuelto. Lo ha sentado en el banquillo de los acusados, y las pruebas son abrumadoras: un país destruido, un pueblo emigrado, una economía en escombros, una represión sistemática, una corrupción institucionalizada.
Si la historia fuera un tribunal, la sentencia ya estaría escrita: culpable de traición a la confianza de millones de cubanos que creyeron en sus palabras. La historia no absuelve, comandante. La historia, cuando es escrita con honestidad, condena. Y en sus páginas, su nombre no será el del redentor, sino el del enterrador de una nación que pudo ser grande y fue condenada a la mediocridad por la soberbia de un hombre y la codicia de una casta.