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En 2001, durante el rodaje de El planeta de los simios, ocurrió una escena que jamás estuvo en el guion: Michael Clarke Duncan tropezó y cayó con fuerza. El dolor fue inmediato. Posible esguince. Decisión urgente: hospital.
Lo sentaron en una silla de ruedas y salieron directo desde el set. Pero olvidaron algo. No se quitó el maquillaje. No se quitó la armadura, ni se quitó el traje.
Entró a urgencias caracterizado por completo como un enorme gorila guerrero.
La sala estaba llena. Más de veinte personas esperando. Y todas giraron la cabeza al mismo tiempo.
Silencio. Miradas fijas. Expresiones de desconcierto.
Algunos rostros tensos, otros simplemente paralizados. Lo que veían avanzar por el pasillo no parecía un actor lesionado. Parecía un simio con armadura siendo llevado en silla de ruedas.
El propio Duncan contó después que podía leer el pensamiento colectivo en el aire: nadie entendía qué estaba pasando.
El cine crea ilusiones… pero a veces la ilusión se escapa del set y entra, sin aviso, en la vida real.
Y ese día, en esa sala de urgencias, la realidad perdió por unos segundos el sentido común.