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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Es doloroso para quienes hemos tenido que abandonar Cuba; por razones políticas, económicas o aparentemente distintas, pero siempre políticas en el fondo, comprobar que las democracias donde hoy vivimos se niegan a reconocer que, en la Isla, en nuestra Cuba, existe una dictadura brutal. Más doloroso aún es ver cómo algunas de esas democracias no solo la legitiman, sino que la sostienen y colaboran con la mendicidad de un régimen parasitario, pedigüeño, que sobrevive a costa del sufrimiento de su propio pueblo.
El señor Ramón García vuelve a insistir en un error fundamental: confundir reconocimiento internacional con legitimidad democrática. Que un régimen tenga embajadas en 138 países, firme acuerdos o mantenga relaciones diplomáticas no lo convierte en legítimo. La historia está llena de dictaduras ampliamente reconocidas por la comunidad internacional mientras reprimían a su pueblo. El reconocimiento entre Estados es un acto de conveniencia política, no un certificado de soberanía popular.
Lo que legitima a un gobierno no es que otros gobiernos hablen con él o mantengan relaciones diplomáticas, sino que su pueblo lo elija libremente mediante el voto, con pluralidad de partidos, libertad de prensa, observación independiente y posibilidad real de alternancia en el poder. Nada de eso existe en Cuba.

Y en algo, curiosamente, coincidimos con Ramón: muchas democracias; incluido Estados Unidos, han prolongado la agonía del pueblo cubano al normalizar relaciones, negociar con la dictadura y, en ocasiones, ayudarla económicamente a sostenerse. Esa contradicción es real, y también la denunciamos. Que democracias capitalistas respalden o toleren dictaduras no es una novedad histórica; es una vergüenza recurrente.
Pero ahí está la paradoja que Ramón elude: el régimen cubano vive de relaciones, créditos, remesas y comercio con sistemas democráticos y economías de mercado, mientras los demoniza en su discurso ideológico. Critica al capitalismo, pero depende de él para sobrevivir.
Cuando afirma que Estados Unidos es una “democracia de élites controlada por una plutocracia”, no está describiendo a Estados Unidos, (permítame soltar una carcajada) está revelando su propio marco ideológico. Ramón nunca me engañó. Tal vez sí a algunos incautos seducidos por un lenguaje académico, denso y cuidadosamente ambiguo, que evita siempre el punto esencial; ¡en Cuba no hay soberanía popular!
Y no, no es un insulto que un conductor de Uber te enfrente políticamente. Al contrario; es una demostración de lo que significa vivir en una sociedad abierta, donde cualquier ciudadano puede aprender, opinar, disentir y denunciar sin miedo a ir preso. Eso es educación cívica, derechos, ciudadanía y es precisamente lo que la dictadura cubana le niega a su pueblo.
Así que volvemos al punto que Ramón nunca responde y que todo lo demás intenta esquivar: ¿En qué momento eligió libremente el pueblo cubano a ese “gobierno” que da por legítimo? ¿Dónde están esas elecciones? ¿Dónde está esa soberanía? Lo demás son rodeos.