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Por Héctor Castellanos Sobrino
Huesca.- Uno escribe y habla de lo que más conoce. Y lo que conozco, lo que llevo décadas observando desde la distancia y desde la cercanía del dolor, es la muerte lenta de Cuba. Una agonía que solo percibimos realmente quienes hemos mantenido los ojos abiertos, quienes hemos decidido no apartar la mirada aunque duela.
Me iré de este mundo sin lograr entender a esas voces de la izquierda internacional que, a día de hoy, después de tantas evidencias, después de sesenta y tantos años de fracaso estrepitoso, siguen legitimando la tiranía que nos ha tocado en suerte. Esa falta de empatía con los que están detrás de los barrotes, esa sordera voluntaria ante el clamor de un pueblo que se desangra, es la misma indiferencia que deben sentir los venezolanos, los nicaragüenses, todos aquellos que sufren bajo regímenes que se autoproclaman «progresistas» mientras aplastan cualquier atisbo de libertad.
Para quienes hemos decidido estudiar, denunciar y explicar lo que ocurre en esa porción del Caribe —no sin pagar el correspondiente precio, no sin sufrir el castigo de los que se atreven a pensar distinto—, resulta desolador comprobar que amplios sectores de la intelectualidad mundial no ven, o no quieren ver, la maquinaria de control que durante décadas ha dispuesto de nosotros y de los recursos de la isla como si fuéramos propiedad privada.
Los que fuimos adoctrinados desde la infancia, los que crecimos en el seno de esa secta totalitaria y logramos escapar —física o mentalmente—, sabemos que vale la pena dejar testimonio de nuestra experiencia en ese experimento fallido, en ese delirio que se ha cobrado tantas vidas y tantas esperanzas.
Nuestros seres queridos, los que aún permanecen allí, no pueden dormir. Llevan semanas, meses, años sin electricidad, sin medicinas, sin alimentos. Están enfermos, reprimidos, fatigados. Atrapados en un bucle interminable, en una condena absurda impuesta por la ideología del partido único, como si esa doctrina fuera sagrada e incuestionable.
Se puede y se debe criticar los desmanes de unos y de otros, de quien sea y cuando sea. Pero conviene recordar algo elemental: no existen tiranías rojas, ni verdes, ni maduras. Son tiranías, todas igual de insoportables. No existen tiranos simpáticos ni tiranos menos simpáticos. Son tiranos, déspotas, egocéntricos, ciegos ante el sufrimiento ajeno.
Todo es delirante, y por eso tenemos que repetir una y otra vez que aquellos abusadores que han hecho de Cuba su finca particular, su empresa privada, su cuartel, son nuestro primer y más feroz bloqueo. Bloqueo físico y mental. Son ellos los causantes de la separación de las familias, del deterioro de nuestras vidas, de la hipoteca que pesa sobre generaciones enteras.
Y encima nos dicen que otra cosa no es posible. Que cualquier alternativa será peor. Ese mantra, repetido durante más de medio siglo, ha terminado por instalarse en el imaginario colectivo como una verdad incuestionable. Pero no lo es. Es la coartada de los que no quieren soltar el poder.
Luego están esas mismas voces de la izquierda internacional, las que hoy ponen el grito en el cielo por los extremos a los que ha llegado la situación, las que no querrían para sí esa vida uniformada, esa existencia miserable bajo la bota de un régimen. Que sepan que allí, en esa isla que ellos idealizan desde la distancia, también están avivando esos fuegos. Su silencio de ayer es la gasolina de hoy.
Estamos atrapados. Entre ignorantes que no ven, idealistas que no quieren ver y cínicos que ven pero callan. Y lo peor de todo: atrapados sin esperanza. O al menos sin la esperanza de que el mundo despierte a tiempo para salvarnos. Porque mientras tanto, Cuba sigue muriendo lentamente.