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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Hay un instante —silencioso, invisible— en que un pueblo deja de esperar. No deja de respirar, ni de caminar, ni de trabajar. Sigue ahí, como una sombra de sí mismo. Pero ya no espera. Y cuando eso ocurre, no estamos ante una crisis económica: estamos ante una tragedia humana.
Porque la esperanza no es un lujo. Es una necesidad biológica del alma. El hombre puede resistir el hambre un tiempo, la pobreza un tiempo, el dolor un tiempo… Pero no resiste indefinidamente el vacío de no saber para qué vive.
Hoy Cuba está enferma de algo más profundo que la escasez. Está enferma de mañana.
Se nos habla de cifras, de planes, de estrategias, de “resistencia”.
Pero el drama verdadero no se mide en estadísticas. Se mide en miradas apagadas, en conversaciones sin sueños, en padres que no pueden prometer nada a sus hijos sin sentir vergüenza. Se mide en ancianos que no viven: Sobreviven. Y en jóvenes que ya no desean construir una patria, sino escapar de ella.
El país se ha ido convirtiendo en una sala de espera sin puertas. Una nación donde la vida se aplaza.
Donde se pospone el amor, la casa, el proyecto, el libro, el viaje, el futuro… Porque todo queda para después. Y el “después” nunca llega.
Lo más cruel de esta tragedia es que no ha sido un accidente. No fue un huracán, ni una guerra inevitable, ni una catástrofe natural. Ha sido una obra lenta, sistemática, repetida durante décadas: la demolición del porvenir. Un sistema que no solo empobrece bolsillos, sino que empobrece el espíritu. Que no solo controla el pan, sino que controla la ilusión.
Y entonces ocurre lo peor: el ciudadano se acostumbra a lo indigno. Se acostumbra a pedir, a mendigar, a callar, a fingir.
Se acostumbra a vivir sin derechos como si los derechos fueran un favor. Se acostumbra a que la mentira sea el idioma oficial, y la verdad, una amenaza. Pero una nación no muere el día en que le faltan alimentos. Muere el día en que le falta fe en sí misma.
Cuba, hoy, es un país donde la esperanza cotidiana se ha vuelto un acto heroico. Donde reír parece una traición al sufrimiento, y soñar parece una ingenuidad. Donde cada amanecer se siente igual, como si el tiempo hubiera sido detenido por una mano invisible.
Y, sin embargo, aunque parezca imposible, aún quedan brasas bajo las cenizas. Porque el cubano, incluso en su derrota, conserva una dignidad secreta. Una dignidad que no siempre grita, pero resiste.
Una dignidad que se manifiesta en la madre que inventa comida de la nada, en el anciano que no pierde la cortesía pese a la humillación, en el joven que se niega a convertirse en delator, en el hombre que aún conserva la capacidad de sentir vergüenza ante la injusticia.
Eso significa que Cuba no está muerta. Está herida. Y lo que ha ocurrido no es solo un colapso material. Es un crimen moral: el robo del futuro. Un país que deja de creer en mañana se convierte en un territorio de sombras.
Pero cuando un país vuelve a creer, cuando vuelve a levantar la frente, cuando vuelve a decir la verdad en voz alta, entonces sucede el milagro más grande: el renacimiento. Porque la esperanza puede ser golpeada, perseguida, encarcelada… pero no puede ser exterminada para siempre.
Cuba volverá a creer. Y cuando lo haga, no será por discursos ni por consignas. Será por algo más humano, más profundo, más sagrado: La necesidad de vivir con dignidad.