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Por Oscar Durán

La Habana.- Amar en dictadura no es un acto ingenuo. Es, más bien, un ejercicio de resistencia. En un país donde el Estado se mete hasta en la cocina, donde la luz se va cuando más falta hace y donde el miedo camina por las calles con uniforme verde olivo, querer a alguien se convierte en una manera silenciosa de decir “aquí estoy”. El cubano no ama como en las novelas brasileñas ni como en las películas de Hollywood. Ama con sobresaltos, con la maleta medio hecha y con el teléfono en modo avión por si acaso.

Aquí el amor siempre tiene un tercer invitado: la política. No importa si tú eres comunista convencido o un “gusano” declarado; la dictadura se sienta en la mesa, duerme en la sala y opina en la cama. Hay noviazgos que se rompen por una consigna, matrimonios que se fracturan por una salida ilegal y parejas que no sobreviven a un acto de repudio. ¿Cómo se ama cuando a tu esposo lo pueden citar mañana para un interrogatorio? ¿Cómo se construye un futuro si el futuro depende de una visa o de un parole? Así y todo, la gente se enamora.

El amor en Cuba también es clandestino. No solo el amor prohibido por terceros, sino el amor vigilado. Dos jóvenes se besan en un parque y alrededor hay más chivatos que palomas. Una pareja decide marcharse del país y debe fingir hasta el último día que todo está normal. Se aman bajito, se prometen una vida mejor en voz baja, porque aquí hasta los sueños pueden parecer subversivos. Y sin embargo, se juran eternidades en medio de apagones de doce horas y colas interminables para comprar pollo por pescado.

Hay otro tipo de amor: el que se rompe por la emigración. La dictadura no solo encarcela cuerpos; también separa abrazos. El que se va promete regresar, el que se queda promete esperar. Pero los años pesan, la distancia enfría y el WhatsApp no sustituye un beso en la frente. Cuba está llena de matrimonios a medias, de hijos que crecen viendo a su padre por videollamada y de mujeres que duermen abrazadas a una almohada imaginando que no están solas. Amar, en este contexto, es aceptar que el sacrificio puede ser la única herencia.

Y aun así, contra todo pronóstico, el cubano ama con intensidad. Ama con una fuerza casi irracional, como si cada beso fuera el último antes de que se vaya la corriente o antes de que toquen a la puerta a las seis de la mañana.

Tal vez por eso nuestros amores son tan dramáticos, tan definitivos, tan de “contigo hasta el final”. En dictadura todo es incierto, menos la necesidad de sentir que alguien te elige en medio del caos. Amar en Cuba no es solo un sentimiento; es una pequeña revolución privada contra un sistema que ha intentado regularlo todo, incluso el corazón.

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