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Por Sergio Barban Cordero

Miami.- Durante años, el exilio cubano ha hecho lo que cualquier comunidad responsable haría frente al sufrimiento de su gente: organizar ayuda, reunir recursos y salir al mar. La Flotilla Democracias no nació para hacer propaganda, sino para entregar medicinas, alimentos y alivio directamente al pueblo cubano. Y durante años ha chocado siempre con el mismo muro; la prohibición absoluta de entrar a Cuba.

Nunca fue por falta de permisos. Nunca fue por riesgo sanitario. Nunca fue por seguridad marítima.
Fue, y sigue siendo, por control político del régimen. Hoy, cuando se anuncia con bombos y platillos una nueva flotilla internacional de grupos de izquierda, conviene hacer una pregunta incómoda pero necesaria: ¿dejarán entrar a los cubanos del exilio junto a esa flotilla? La respuesta, si atendemos a la historia, es clara, no. Porque el problema del régimen cubano no es la ayuda. El problema es quién la entrega.

Aceptar a la Flotilla Democracias sería admitir algo intolerable para el poder: que los cubanos sí pueden ayudarse entre sí, que la escasez no es consecuencia inevitable, y que el obstáculo real es el Estado. Por eso la ayuda del exilio se bloquea y la “solidaridad” ideológicamente alineada se celebra.

Si la nueva flotilla entra, y repito, si entra, lo hará bajo supervisión del régimen, con rutas controladas y entregas mediadas. La ayuda no tocará manos libres. No habrá contacto real con la población. No habrá testigos incómodos. Habrá fotos, discursos, consignas y un relato cuidadosamente administrado.

La prueba definitiva de honestidad es simple: exigir públicamente, en voz alta, que cualquier cubano, viva donde viva, pueda llevar ayuda a su país sin que esta sea manipulada ideológicamente por el régimen. Quien no esté dispuesto a decir eso en voz alta no está defendiendo al pueblo cubano, está defendiendo un guion escrito por la dictadura.

La Flotilla Democracias sigue siendo el termómetro moral de este debate. Si se la excluye; otra vez, quedará confirmado lo de siempre; cuando la ayuda no entra, el problema no es el mar; es el miedo del poder a perder el control del relato. Y ese miedo dice más que mil discursos solidarios.

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