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Si tú y yo nos sentáramos a hablar con calma sobre Cuba, tarde o temprano llegaríamos a esta pregunta: ¿cómo es posible que el sistema siga en pie después de tantas crisis?
La conversación dejaría de ser emocional. Se volvería estructural.
Porque entender los pilares de la dictadura cubana no es repetir consignas.
Es entender cómo funciona el poder. De verdad.
Ningún régimen se mantiene solo por la voluntad de un hombre.
Ni siquiera por la fuerza bruta.
Se mantiene porque descansa sobre bases concretas. Visibles e invisibles.
Columnas que, mientras estén firmes, sostienen todo el edificio.
Durante años, dentro de Cuba, escuchábamos en el noticiero, en la Mesa Redonda, en los discursos de Fidel Castro, hablar de “golpes blandos”. Se repetía que la Revolución no caería con eso, que no lo permitiría. Y la verdad es que no era que la gente estuviera convencida.
Estábamos fritos; si te soy honesto, no entendía a qué se referían.
Sin internet, sin acceso a bibliografía independiente, aquellas palabras flotaban sin contexto. Sonaban a amenaza difusa.
Fue después, navegando como podía desde la isla, descargando en PDF algunos estudios de Gene Sharp, encontrando audiolibros en YouTube —sin VPN, con la conexión intermitente y la paciencia al límite— que todo empezó a tener sentido. De pronto entendí por qué había tanto temor a acciones que parecían pequeñas frente a un Estado tan poderoso: las Damas de Blanco caminando en silencio, Luis Manuel mostrando una obra incómoda, canciones de Los Aldeanos que pasaban de memoria en memoria.
Lo que parecía mínimo tocaba fibras estructurales.
Y ahí fue cuando entendí algo clave: el poder no es invulnerable, es relacional.
El estudio de esos textos es la base conceptual de este artículo. Pero como siempre digo cuando converso de estos temas: lo mejor es leer las fuentes originales y sacar tus propias conclusiones.
Mira, hay una idea que nos vendieron durante años: que el poder es algo sólido, casi natural. Como si el Estado fuera un bloque de hormigón imposible de mover.
Pero el poder no es una cosa.
Es una relación.
Se sostiene en obediencia.
En cooperación.
En aceptación.
En miedo.
En rutina.
En dependencia.
Mientras esas relaciones funcionen, el sistema funciona.
Cuando empiezan a tensarse, aparecen grietas.
Si observamos el caso cubano con frialdad, el sistema ha demostrado una capacidad enorme de adaptación. Sobrevivió a la caída del bloque soviético, al Período Especial, al endurecimiento del embargo, a crisis migratorias, a reformas económicas parciales y a la expansión de internet.
Eso no es casualidad. Responde a pilares estructurales bien definidos.
Vamos a desmenuzarlos, como lo harías tú explicándole a un amigo que quiere entender sin consignas, sin gritos, solo con análisis.
El primer pilar de la dictadura cubana —lo que en términos más técnicos sería la autoridad ideológica— es algo que muchos podríamos resumir, hablando bajito entre amigos, como «el cuento que nos hicieron».
Desde 1959 se construyó una narrativa poderosa: liberación, soberanía, justicia social, resistencia frente al imperialismo. Esa historia no estaba solo en los discursos. Estaba en el matutino de la escuela, en las consignas, en la novela histórica, en los documentales de la televisión.
No era simplemente propaganda. Era identidad. Nos la mezclaron con la idea de patria, de dignidad, de orgullo nacional.
Durante décadas, cuestionar al gobierno se presentó como cuestionar la patria. Como si criticar al poder fuera traicionar la historia. Y eso cala.
Ese capital simbólico permitió justificar decisiones duras.
Errores económicos.
Medidas represivas.
Todo bajo el argumento de proteger la soberanía. Incluso en los momentos más difíciles, el relato histórico funcionó como cemento ideológico.
Ahora bien, cuando la vida cotidiana empieza a contradecir el discurso, algo se desgasta. La brecha entre lo que se promete y lo que se vive genera dudas silenciosas. Pero el relato sigue ahí, sosteniendo buena parte del edificio.
El segundo pilar de la dictadura cubana —lo que en lenguaje académico se llamaría aparato coercitivo— muchos lo describirían de forma más sencilla: «el ojo que te mira».
En Cuba, esto se articula a través del Ministerio del Interior (MININT), la Seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Pero más allá de los nombres oficiales, lo que la gente siente es otra cosa.
Es el vecino que todos saben que informa. Es la patrulla que pasa despacio. Es la citación inesperada. Es esa presión en el trabajo cuando alguien «se sale del guion».
Muchas veces el control no es espectacular. Es preventivo. Advertencias. Vigilancia. Actos de repudio organizados. El mensaje no siempre se grita. A veces se susurra: sabemos quién eres.
Y no hace falta encarcelar a miles.
Basta con que la amenaza sea creíble.
El miedo funciona cuando es verosímil.
Este pilar funciona porque está profesionalizado y centralizado. Hay estructura. Hay cadena de mando. Pero, incluso aquí, todo depende de algo frágil: la obediencia interna. Sin cohesión dentro de esas instituciones, el control pierde eficacia.
Otro de los pilares de la dictadura cubana —lo que técnicamente sería el control económico centralizado— se puede explicar de forma mucho más directa: tenerte cogido por los huevos.
Durante décadas, el Estado fue el principal empleador. El salario, la libreta de abastecimiento, el acceso a ciertos bienes, los permisos, las licencias… todo pasaba por mecanismos estatales.
Cuando tu sustento depende del mismo sistema que gobierna, el margen de confrontación se reduce.
No por teoría.
Por necesidad. No siempre por convicción ideológica. A veces simplemente por supervivencia.
Si el Estado es el que te da el trabajo, la casa o la posibilidad de resolver lo básico, rebelarte no es solo un riesgo político. Es quedarte sin ingreso. Es complicar la vida de tu familia.
Incluso las aperturas hacia el trabajo por cuenta propia han estado reguladas dentro de un marco donde el Estado conserva el poder de autorizar o revocar.
Como me pasó a mí. Como le pasó al del ajo. Como le pasó al de los quesos. Gente que intenta prosperar, crecer, hacer las cosas bien… y termina sintiendo la presión constante hasta que un día entiende que, dentro de ciertas reglas no escritas, ser demasiado exitoso puede convertirse en un problema.
La economía, en este contexto, no es solo producción. Es herramienta de control social.
Sí, genera ineficiencia. Sí, crea distorsiones. Pero también crea dependencia. Y la dependencia es una forma silenciosa de poder.
Aquí es donde mi experiencia personal encaja con más claridad.
Durante años, el acceso a información alternativa era mínimo. El noticiero nacional, la Mesa Redonda, los discursos oficiales y la prensa controlada por el Partido Comunista de Cuba definían prácticamente todo el marco narrativo.
Si te creías lo que decía el televisor, Martí casi parecía un precursor ideológico del sistema y los líderes mambises terminaban pintados como si todos hubieran sido comunistas adelantados a su tiempo. La historia venía ya interpretada. Cerrada. Lista para consumir.
Y uno, sin internet, sin contraste, terminaba aceptando versiones sin siquiera saber que existían otras.
Cuando por fin pude leer otras fuentes, entendí algo simple pero decisivo: no es solo lo que te dicen. Es lo que no te dejan imaginar.
El monopolio informativo no solo transmite mensajes.
Define lo que es imaginable.
Con la llegada de internet móvil, ese pilar empezó a tensionarse. Aparecieron nuevas voces. Nuevas narrativas. Pero también nuevas formas de regulación y vigilancia.
El control informativo ya no es absoluto, pero sigue siendo estratégico.
Hay un pilar que no aparece en los organigramas, pero sostiene el edificio tanto como cualquier ministerio.
El miedo.
No siempre miedo físico. Muchas veces es cálculo. Es esa conversación en voz baja. Es pensar dos veces antes de publicar algo. Es preguntarte si vale la pena exponerte.
Décadas de control generan hábitos. Autocensura. Prudencia aprendida.
La resignación también juega su papel. Cuando la expectativa de cambio es baja, la energía colectiva se dispersa. La supervivencia diaria ocupa el centro.
Aquí entra en juego una frase que todos hemos escuchado alguna vez, en la casa, en el trabajo o en boca de un vecino: «no te busques problemas».
Esa frase resume este pilar completo.
No es una ley escrita.
No es un decreto.
Es una advertencia cultural.
Este tipo de factores no se decretan, pero se construyen con el tiempo.
Finalmente, uno de los pilares más sólidos de la dictadura cubana es la red de lealtad entre élites políticas, militares y económicas.
Las FAR no son solo una institución armada. También gestionan sectores estratégicos de la economía mediante conglomerados empresariales. Eso crea una interdependencia entre poder político y poder económico.
La estabilidad del sistema depende en gran medida de que esas élites perciban que su seguridad y su bienestar están ligados a la continuidad del modelo.
Cuando las élites están cohesionadas, el sistema resiste mejor las crisis.

Si algo he aprendido estudiando los pilares de la dictadura cubana es que el poder no es mágico ni indestructible. Es relacional.
No se sostiene solo por represión.
Ni solo por propaganda.
Ni solo por economía.
Se sostiene por la combinación de todos esos elementos funcionando al mismo tiempo.
Es un engranaje.
Aquel joven que escuchaba hablar de “golpes blandos” sin entender hoy comprende que las pequeñas acciones pueden incomodar estructuras grandes porque el poder depende de relaciones humanas.
Y cuando entiendes eso, la conversación cambia.
Ya no se trata solo de indignarse. Se trata de analizar.
En los próximos artículos iremos pilar por pilar.
No para repetir consignas.
Sino para estudiar, con calma y con datos, cómo se han debilitado históricamente este tipo de estructuras en distintos contextos y qué dinámicas internas las hacen más frágiles o más resistentes.
Porque entender cómo se sostiene el poder es el primer paso para comprender cualquier proceso político. Y esa comprensión —más que el ruido— es lo que realmente transforma la manera en que miramos la realidad.