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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- En el marco de la gravísima situación que vive Cuba hoy, se han desatado nuevas campañas, movilizaciones y gestos “humanitarios” que dicen venir a salvar al pueblo cubano. Pero esto no es nuevo. Ha ocurrido cientos de veces. Y siempre termina igual: la dictadura manipula esa ayuda, la secuestra, la administra, la vende, la politiza y la convierte en propaganda. El pueblo recibe migajas. El poder recibe oxígeno.
Lo que vemos no es solidaridad verdadera. Es un teatro. Es un espectáculo. Y, peor aún: es una operación ideológica para salvar el proyecto socialista que ha destruido la nación.
Porque esa es la verdad que los hipócritas no quieren pronunciar: a ellos no les duele Cuba. Les duele que fracase el socialismo.
Por eso se apresuran a repetir la coartada más vieja del régimen: el “bloqueo”. Una tesis convertida en religión política, una mentira útil para esconder el desastre, para justificar el hambre, para encubrir la incapacidad, y para culpar a otro del crimen propio.
Sin embargo, la realidad destruye esa propaganda con un solo golpe: Cuba comercia con decenas de países. Cuba recibe mercancías, alimentos, medicinas, combustibles, piezas. Cuba tiene relaciones con Rusia, China, Irán, Turquía, Brasil, Colombia, Venezuela, Panamá, México, España y una lista interminable.
Entonces, ¿de qué bloqueo absoluto hablan?
La pregunta que no se hacen —o que fingen no hacerse— es la única que importa: ¿Por qué Cuba está en esta policrisis generalizada?
La respuesta es tan clara como dolorosa: Cuba está así porque durante más de seis décadas se le impuso un sistema económico fallido, incapaz de producir riqueza, enemigo de la iniciativa privada, destructor del trabajo libre, perseguidor del talento y del mérito. Un modelo que no crea prosperidad: crea obediencia.
Cuba no está en ruinas por accidente. Cuba está en ruinas por diseño. Y a esa ruina económica se le suma el crimen mayor: la ruina moral.
Porque el comunismo en Cuba no solo ha destruido el pan. También la conciencia. Ha convertido al ciudadano en rehén. Ha hecho de la mentira una política de Estado. Y ha convertido el miedo en una forma de gobierno.
Hoy existe en Cuba un poder parasitario y criminal que persigue, encarcela, golpea, destierra, humilla y condena a quien piense distinto. El régimen que llama “mercenario” al que protesta por hambre. Un régimen que llama “enemigo” al que exige libertad. Un régimen que llama “traidor” al que dice la verdad.
Y aquí es donde entra la hipocresía:
los que hoy piden “ayuda para Cuba”, los que organizan campañas, los que posan con carteles y hacen discursos sentimentales, no exigen lo único que salvaría realmente al pueblo: que la dictadura abandone el poder.
Porque no quieren salvar al pueblo. Quieren salvar al régimen. O, al menos, quieren salvar la narrativa que durante décadas defendieron.
Lo que llaman “ayuda” termina siendo, en los hechos, una transfusión de sangre al verdugo.
Porque cada envío sin condiciones, cada donación administrada por el Estado, cada gesto de legitimación, cada aplauso diplomático, cada silencio cómplice, se transforma en más represión, más cárcel, más hambre y más control.
Y entonces hay que decirlo sin miedo, porque ya el miedo es un lujo que el cubano no puede pagar: Ustedes, hipócritas, son parte de la ecuación del horror.
No nos engañemos. Cuba vive hoy un genocidio lento: un genocidio social, moral y demográfico.
Un país expulsado de sí mismo. Una nación donde el joven huye, el anciano se derrumba, la madre no puede alimentar a sus hijos y la dignidad se vuelve clandestina.
Mientras tanto, el gobierno conversa, negocia, busca salidas… no para el pueblo, sino para sí mismo. Lo hace a escondidas, porque no tiene nada que ofrecer. Cuba no produce. Cuba no exporta riqueza. Y tampoco tiene crédito moral.
Lo único que el régimen intenta salvar es su pellejo, porque sabe que algún día tendrá que enfrentar la ley, la historia y la justicia.
Y el mundo —otra vez— mira hacia otro lado. La política internacional se ha convertido en un mercado de cobardías.
Los principios se venden. Los derechos humanos se relativizan. Y la tragedia cubana se administra como un expediente incómodo. Pero ya basta.
Si de verdad quieren salvar al pueblo cubano, dejen la hipocresía. Dejen de alimentar al verdugo. Dejen de repetir la propaganda del régimen.
El hora de dejar de fingir que el problema es externo cuando el problema está sentado en el poder.
Exijan, con la misma fuerza con que gritan “ayuda”, que se abra el país, que se liberen los presos políticos, que se legalice la oposición, que se permita la prensa libre, que haya elecciones reales, que se desmonte el aparato represivo, que termine el monopolio del Partido Comunista.
Porque mientras el régimen siga gobernando, toda ayuda es un parche sobre una herida abierta por el propio asesino.
Y el asesino no puede ser el administrador de la cura.