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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Señor presidente Trump, permítame una reflexión que no busca halagar su oído, sino advertirle sobre la naturaleza del enemigo al que se enfrenta. Lleva usted semanas aplicando una presión sin precedentes sobre el régimen cubano: orden ejecutiva del 29 de enero, amenaza de aranceles a quienes suministren petróleo a la isla, movilización naval en el Caribe, vuelos de reconocimiento sobre la costa norte. Y todo ello ha tenido un efecto innegable: Cuba se paraliza, los hoteles cierran, las aerolíneas se van, la gente se muere de hambre. Pero hay una pregunta que flota sobre La Habana, sobre Miami y sobre Washington: ¿cuánto tiempo más puede durar esto sin que el costo humano sea irreversible?
Porque aquí está el punto que sus asesores quizá no le han explicado con suficiente claridad: al castrismo no le importa que los cubanos mueran. No es una metáfora, no es un exceso retórico. Es la conclusión lógica de sesenta y siete años de historia. Los Castro —los que mandan de verdad, no el mayoral Díaz-Canel, que es apenas un administrador de la ruina— han demostrado una y otra vez que están dispuestos a sacrificar generaciones enteras con tal de no soltar el poder.
Lo hicieron en el Éxodo del Mariel, cuando dejaron salir a 125.000 personas mientras el pueblo se pudría en colas. Lo hicieron en el Período Especial, cuando los niños se desmayaban en las escuelas por falta de alimentos. Lo hicieron el 11 de julio de 2021, cuando mandaron a los matones a las calles a golpear a quienes pedían pan y luz. Y lo seguirán haciendo ahora.
¿De verdad cree usted que a la cúpula castrista le preocupa que los hospitales colapsen? Al contrario: cada niño que muera por falta de medicamentos, cada anciano que fallezca sin atención, cada familia que entierre a un ser querido por una diarrea mal curada será un argumento más para su campaña internacional.
Ellos convertirán las fosas comunes en banderas. Llamarán a sus amigos de la ONU, a las organizaciones de izquierda, a los gobiernos cómplices, y dirán: «Miren lo que hace el imperialismo, miren cómo nos mata de hambre». Y una parte del mundo, esa que siempre prefiere la épica a la verdad, les creerá. Porque la muerte de los suyos, para ellos, no es un drama humano: es materia prima para el relato.
SOLO LES PREOCUPA SU VIDA DE LUJOS
Mientras tanto, en sus barrios de lujo —en Cubanacán, en Siboney, en las residencias reservadas a la nomenclatura—, la vida sigue. Ellos tienen sus clínicas exclusivas, sus tiendas en divisas, sus almacenes llenos de productos que el pueblo no verá jamás. Sus hijos estudian en el extranjero o en escuelas blindadas. Su comida no depende de las colas ni de las libretas de abastecimiento.
Para ellos, la asfixia que usted está aplicando es una molestia diplomática, quizá una dificultad logística, pero no un drama existencial. Y si el pueblo tiene que apretarse el cinturón hasta reventar, que se apriete. Ya habrá tiempo después, cuando la tormenta pase, de reeditar los manuales de resistencia y culpar al enemigo externo.
Por eso, señor Trump, si su objetivo es acabar con el castrismo —no simplemente debilitarlo, no solo hacerle pasar un mal rato—, el margen de maniobra es extraordinariamente estrecho. No puede permitirse que esto se prolongue durante meses. No puede dejar que la crisis se convierta en una agonía lenta, porque en esa agonía el régimen tiene ventaja: ellos saben gestionar la miseria, llevan décadas haciéndolo.
Lo que no saben gestionar es la velocidad. Lo que no pueden resistir es un golpe quirúrgico, contundente, definitivo, que les haga comprender que el juego se acabó.
VENEZUELA TIENE QUE SERVIR DE EJEMPLO
Usted ya demostró en Venezuela que sabe hacerlo. La operación relámpago que capturó a Maduro y desarticuló su régimen en cuestión de horas fue un modelo de eficacia geopolítica. Pues bien: lo que funciona en Caracas puede funcionar en La Habana. La diferencia es que aquí el enemigo es más viejo, más astuto, más resistente al dolor ajeno. Pero también es más frágil de lo que aparenta. La cúpula castrista no tiene el respaldo popular que tuvo en otras épocas. No tiene un proyecto. No tiene juventud. Y no tiene nada más que el miedo y la inercia. Y el miedo, cuando se combina con presión externa sostenida, puede convertirse en pánico.
No le quepa duda: si usted actúa con la misma determinación que mostró en enero en Venezuela, si coordina una acción contundente en las próximas semanas, el castrismo caerá como un castillo de naipes. Sus defensores se desmoronarán. Sus aliados internacionales, esos que hoy prometen ayuda, desaparecerán como por arte de magia. Y Cuba tendrá, por fin, la oportunidad de reconstruirse sin la losa de la tiranía.
Pero si espera, si deja que esto se convierta en un goteo interminable de muertes y privaciones, entonces el resultado será el peor de todos: el régimen sobrevivirá, el pueblo seguirá muriendo, y usted habrá desperdiciado la oportunidad histórica de liberar a una nación.
El castrismo está herido, sí. Pero los lobos heridos son los más peligrosos. No les dé tiempo a rearmarse, a recomponer su narrativa, a convertir las tumbas de sus víctimas en propaganda. Actúe ahora. Porque si algo hemos aprendido los cubanos en estos 67 años es que la dictadura no se va por las buenas, no se va por inanición, no se va por desgaste. Se va por la fuerza. O no se va nunca.