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Por Yoyo Malagón ()
Madrid.- Señores, contengan los aplausos, que me va a dar algo. Lamine Yamal, el niño mimado de la prensa deportiva, ese al que ya han colocado la corona antes de sudarla, resulta que es el mejor jugador del mundo. ¿Perdón? ¿Alguien me puede explicar qué ha hecho exactamente este muchacho para merecer semejante título? Porque yo he visto jugar a Maradona, a Messi, a Cristiano, a Iniesta, a Zidane, y tenía la impresión de que para ser el mejor había que, no sé, ganar algo importante. O al menos no esconderse cuando el partido aprieta.
Miremos sus vitrinas, si es que puede llamarse así a una estantería con cuatro cositas. Tiene una Eurocopa, sí, pero en aquella selección española tan soberbia que ganaba hasta cantando el himno. Tiene una Liga y una Copa con el Barcelona, que este año se paseó por España como un elefante en una cacharrería. ¿Y ya?
¿Con eso basta para sentarse en la mesa de los dioses? Porque entonces resulta que Pedri, que lleva años cargando con el peso del mediocampo culé y de la selección, sería el extraterrestre, el ser de otro planeta, el que merece estatuas. Pero no, el titular se lo lleva el niño porque regatea bonito. Así funciona esto: el que hace el gol se lleva la foto, el que construye el partido se lleva el olvido.
Ahora hablemos de las finales. Porque las finales, mis queridos lectores, son el termómetro que mide a los elegidos. ¿Cuántas finales ha ganado Yamal siendo determinante? La Eurocopa, de acuerdo, pero con un equipaje que era un rodillo. Luego llega la final de la Nations League ante Portugal, y aquí la cosa cambia. Porque cuando enfrente tienes a Cristiano Ronaldo, a un tipo de 40 años que todavía corre como si le debieran dinero, y a una selección portuguesa que no regala nada, el niño desaparece.
No aparece en el marcador, no aparece en las asistencias, no aparece en nada . Nuno Mendes, el lateral portugués, salió después diciendo con toda la boca del mundo: «Hoy anulé a Lamine, no le dejé hacer lo que sabe» . Eso no es un partido malo, eso es una final donde el candidato a mejor del mundo se va de vacaciones.
Y ya que mencionamos a Cristiano, hablemos de ese comportamiento de niñato consentido que algunos vieron en Múnich. Mientras el portugués, con 40 años y más títulos que años, se partía la cara por su selección, el niño miraba al suelo, hacía gestos de desaprobación, y cuando lo sustituyeron —cansadito, según el seleccionador —, no tuvo la grandeza de reconocer que enfrente había un monstruo sagrado al que todavía le queda cuerda.
Cristiano, con una elegancia que ya quisieran muchos, dijo después: «Es un chico extraordinario, tiene un gran futuro, pero dejen que crezca sin presión» . Eso se llama clase. Lo otro, lo de Yamal, se llama no haber aprendido todavía que en esto del fútbol, como en la vida, los títulos se ganan, no se regalan en portadas de revistas.
Comparen con otras épocas, si no. A los 19 años, Messi ya había ganado un triplete con el Barcelona y era el mejor del mundo en formación. A los 19, Cristiano ya había hecho llorar a medio Manchester United con sus regates y se había ganado el puesto en el once titular de un club que no regala nada. ç
A los 19, Iniesta ya había aprendido que el fútbol no es solo gambeta, sino también sacrificio, trabajo en equipo, correr cuando no te dan el balón. Yamal, con 19, tiene un talento descomunal, no lo niego. Pero que no nos vendan la moto: todavía no ha ganado nada importante siendo el líder, el faro, el que sostiene al equipo cuando el viento sopla en contra.
Porque cuando el viento sopla en contra, lo que vimos en Múnich fue a un niño que se apagó, que no supo leer el partido, que se dejó anular por un lateral que le metió el miedo en el cuerpo. Mientras tanto, enfrente, un señor de 40 años se echó el equipo a la espalda, marcó, asistió, animó, y levantó la copa. Eso, señores, se llama jerarquía. Y la jerarquía no se compra en el súper, se gana a base de finales, de noches duras, de balones al palo y de levantarse cuando todos te dan por muerto.
Así que, con todo el respeto del mundo hacia el talento de Lamine Yamal, permítanme que contenga el entusiasmo. Será grande, seguramente lo será. Pero todavía no lo es. Y mientras no lo sea, absténganse de colocarle la corona. Que en este oficio, las coronas se las pone uno mismo, a base de partidos grandes, de finales ganadas y de comportamientos a la altura. Lo demás, puro humo. Y el humo, ya se sabe, se lo lleva el viento.