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Por Jadir Hernández ()
La reciente detección de un submarino de propulsión nuclear y un globo estratosférico de vigilancia en las cercanías del territorio cubano ha encendido todas las alarmas en los despachos de inteligencia de Washington. Si bien el régimen de La Habana intenta mantener un hermetismo absoluto, la tecnología de monitoreo estadounidense, incluyendo radares aerostáticos en los Cayos de la Florida, ha dejado en evidencia movimientos que van más allá de simples ejercicios rutinarios.
Puesto que estos activos militares no se desplazan sin un objetivo estratégico, la presencia rusa en el Caribe no responde a una defensa de la soberanía cubana, sino a una proyección de fuerza geopolítica donde la Isla es, una vez más, utilizada como un peón sacrificable en el tablero internacional.
Ahora bien, la verdadera peligrosidad de la situación no radica únicamente en la capacidad bélica de estos artefactos, sino en la macabra jugada interna que Díaz-Canel y la cúpula militar estarían orquestando. De ahí que analistas y fuentes cercanas al Pentágono sugieran que el régimen podría estar preparando el terreno para un nuevo éxodo masivo, utilizando la migración descontrolada como un arma de guerra asimétrica para desestabilizar la región y forzar negociaciones.
Sin embargo, esta vieja táctica, empleada con éxito en el pasado por Fidel Castro, se enfrenta hoy a un escenario radicalmente distinto: una administración republicana liderada por figuras como Donald Trump y el Secretario Marco Rubio, quienes han tipificado la migración forzada como un acto de agresión directa, cerrando así la puerta a la impunidad del chantaje.
En consecuencia, el clima dentro de la Isla se torna cada vez más tenso, alimentado por una mezcla volátil de rumores infundados y realidades ocultas. Y es que, mientras las redes sociales se inundan de falsas esperanzas sobre caídas inminentes que terminan en decepción y apatía —un ciclo psicológico que la dictadura sabe explotar a la perfección—, la realidad subterránea es mucho más compleja.
Las «opciones sobre la mesa» mencionadas por la administración estadounidense no son retórica vacía; implican que existen negociaciones secretas y planes de contingencia activos. Así pues, la dictadura se encuentra en una encrucijada: sus socios criminales exigen resultados económicos que no pueden dar, y su enemigo histórico ya no está dispuesto a tolerar provocaciones en su frontera marítima.
Por esta razón, es crucial no caer en el derrotismo ni en la euforia ciega. Incluso cuando el silencio oficial parece ensordecedor, la maquinaria diplomática y de inteligencia está operando a máxima capacidad. De hecho, la propia naturaleza hermética del castrismo sugiere que el miedo ha cambiado de bando; ya no es el pueblo quien teme ciegamente al poder del Estado, es la élite gobernante la que teme que su última carta, la del caos migratorio y la alianza militar con potencias extranjeras, sea respondida con una contundencia definitiva que marque el fin de su tiranía.