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No me digas lo que no hay, dime lo que hay

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La frase de mi abuela

Mi abuela lo decía en los años 80, cuando Cuba todavía no estaba como hoy, pero ya empezaba a sentirse el desgaste silencioso de muchas promesas. Cuando alguien hablaba de los logros, cuando se enumeraban conquistas, cuando se repetía lo que el país “tenía”, ella respondía con una frase seca y sencilla: “No me digas lo que no hay, dime lo que hay.”

No era una mujer política. Tenía apenas cuarto grado, pero una inteligencia aguda y una memoria impresionante. No citaba discursos ni analizaba modelos económicos, pero comparaba constantemente el presente con su propia vida anterior, con lo que había vivido y conocido. Hablaba desde la cocina, desde la libreta, desde la cola. Hablaba desde la experiencia concreta y desde la comparación silenciosa entre lo que fue y lo que se prometía que sería. Su frase no era ideológica: era práctica. Quería saber qué había realmente en la mesa, en la farmacia, en la bodega.

El poema y la promesa

Años antes, en 1964, Nicolás Guillén había escrito su célebre poema Tengo. Era un poema de afirmación. Un poema que enumeraba conquistas sociales, dignidad recuperada, igualdad proclamada. “Tengo donde trabajar y ganar lo que me tengo que comer”, decía el verso. El país vivía entonces un momento de entusiasmo. La alfabetización reciente, la expansión de la salud pública, la eliminación formal de la segregación racial, la idea de un futuro en construcción. El verbo tener era promesa y celebración.

Y es importante reconocerlo: el poema reflejaba, sobre todo, lo que una parte de la sociedad cubana quería ver y creer bajo la visión comunista —y ya entonces marcadamente autoritaria— de la joven Revolución. Más que una radiografía completa del país, era la expresión de una esperanza colectiva alineada con el nuevo proyecto político. Para muchos, especialmente los más humildes, el acceso a la educación y la salud representaba un cambio tangible. Pero no todos miraban el proceso desde el mismo entusiasmo ni compartían la misma lectura del futuro que se prometía (Solo un año después fue el éxodo por Camarioca. Año 1965 miles de cubanos conjugaban el verbo modelo «Partir»).

Pero la historia no se mide en cinco años. Se mide en décadas.

Éxodo de Camarioca en 1965

Sesenta años después: ¿qué hay?

Sesenta años después, la pregunta que hacía mi abuela sigue resonando con una fuerza incómoda: ¿qué hay?

Salud

Existen hospitales, sí. Existe un sistema de salud pública. Pero la pregunta inevitable es otra: ¿qué hay realmente dentro de esos hospitales? Hay edificios deteriorados, escasez de medicamentos, equipos obsoletos, familiares que deben llevar insumos básicos. Hay médicos formados con gran nivel profesional, pero también hay médicos emigrando o enviados al exterior mientras el sistema interno se resiente. Tener sistema no es lo mismo que tener atención garantizada.

Educación

Hay escuelas. Hay aulas abiertas. Pero ¿qué hay dentro? Hay falta de libros de texto, escasez de materiales, maestros sobrecargados y mal remunerados. Hay profesores que deben hacer colas para poder alimentarse, incluso en horario laboral. Hay padres que reparan aulas deterioradas porque no pueden esperar a que alguien más lo haga. Yo mismo tuve que arreglar el aula de preescolar de mi hija. Aquello era un desastre. No basta con que exista la escuela: hace falta que exista la educación en condiciones dignas.

Economía

Hay trabajo. Pero el salario no alcanza. Hay empleo formal, pero el poder adquisitivo se ha erosionado. La inflación devora ingresos. Muchas familias dependen de remesas para sobrevivir. El verso de Guillén sobre ganar “lo que me tengo que comer” suena hoy más como aspiración que como realidad cotidiana.

Estado de ánimo colectivo

Y hay algo más difícil de medir: el estado de ánimo colectivo. En 1964 predominaba la épica. Había un proyecto común, un horizonte compartido. Hoy predomina el cansancio, la estrategia individual de supervivencia, la migración como salida. La mayor pérdida no es solo material; es la pérdida de expectativa.

El silencio del verbo

Tal vez por eso el poema Tengo ya no se cita con la misma insistencia. Tal vez porque enumerar lo que hay exige que lo que se enumere sea visible, palpable, defendible. Salud y educación fueron durante décadas pilares discursivos centrales. Hoy aparecen menos en el centro del relato público, quizá porque es difícil sostener con palabras lo que se deteriora ante los ojos.

El problema no es el poema. El poema fue coherente con su tiempo. El problema es la distancia entre la promesa y el resultado acumulado. El verbo tener necesita sustento real para no convertirse en retórica.

Infografía comparativa entre el poema “Tengo” de Nicolás Guillén y la realidad cubana en 2026, mostrando el retrato del poeta junto a escenas de hospitales colapsados, escuelas deterioradas, escasez de alimentos y migración.

Una pregunta que atraviesa generaciones

Mi abuela no pedía discursos. Pedía claridad. “No me digas lo que no hay, dime lo que hay.” Esa frase atraviesa generaciones. En 1964 el país decía “Tengo”. En los años 80 una mujer común pedía precisión. En 2026 la pregunta sigue abierta.

¿Qué hay realmente?

Responder con honestidad no es un acto de oposición ni de nostalgia. Es un acto de responsabilidad. Porque solo desde la verdad concreta —no desde la consigna ni desde el silencio— puede reconstruirse aquello que alguna vez se prometió.

Y quizás el día que podamos enumerar sin esfuerzo lo que hay, el verbo tener volverá a pronunciarse con la fuerza que tuvo una vez.

Ilustración comparativa entre el poema “Tengo” de Nicolás Guillén y escenas que representan la situación social y económica actual de Cuba.

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