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Se formulan dudas, casi como acusaciones públicas:
— ¿Por qué alguien llevaría una gorra que diga “Make Cuba Great Again”?
— ¿No es eso provocación?
— ¿No encierra un mensaje oculto?
— ¿No implica desprecio por el presente?
— ¿No es sospechoso desear grandeza?
No rehúyo tales preguntas.
Al contrario: las abrazo.
Porque la verdad no teme ser examinada.
Procedamos, pues, con preguntas y respuestas.

Si afirmamos que ya es plenamente grande, entonces el deseo de mejora no debería ofender, pues lo grande no teme comparación.
Pero si la palabra “great” incomoda, quizá revela una tensión: la diferencia entre el ideal proclamado y la realidad percibida.
Desear grandeza no implica negar identidad; implica aspirar a excelencia.
La pregunta real no es por qué alguien desea grandeza, sino por qué tal deseo molesta.
“Again” puede interpretarse de varias maneras racionales:
Observemos algo esencial: “Again” no define un año, ni un sistema, ni un líder. Es una palabra abierta.
Si molesta, es porque invita a comparar. Y comparar es un acto de pensamiento crítico.
¿Se condena entonces la comparación?
¿O el resultado de ella?
Las palabras no son propiedad nacional. La estructura gramatical no pertenece a un país.
Si un concepto es válido, lo es independientemente de su origen. La lógica no tiene bandera.
La cuestión racional es esta: ¿Es legítimo querer que el propio país mejore?
Si la respuesta es afirmativa, el origen formal del lema se vuelve irrelevante.
Provocar es incitar violencia o daño.
¿Es violencia pedir prosperidad?
¿Es daño pedir eficiencia, oportunidades y bienestar?
Si la mera expresión de un deseo genera indignación, tal vez el problema no esté en la expresión, sino en la sensibilidad del sistema frente a la crítica implícita.
Toda postura lleva un símbolo, aunque no sea visible.
Algunos llevan la gorra de la conformidad: “No preguntes”.
Otros la de la autoridad incuestionable: “No compares”.
Otros la del monopolio del relato: “Solo nosotros definimos qué es grande”.
Pero quien lleva una gorra que pide grandeza lleva, al menos en apariencia, una declaración de inconformidad con la mediocridad.

No se está juzgando una tela roja o verde.
Se está juzgando una palabra: “great”.
Y otra aún más inquietante: “again”.
Si desear grandeza se convierte en sospechoso, entonces la sospecha recae no sobre quien desea, sino sobre quien teme el deseo.
La razón no condena aspiraciones legítimas. La razón pregunta:
¿Es ilegítimo querer un país mejor?
Si no lo es, entonces la discusión no es sobre una gorra, sino sobre la libertad de aspirar.