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Por Yoyo Malagón.-
Madrid.- Miren, yo he visto cosas que ustedes no creerían. He visto a Florentino Pérez levantar la decimoquinta, he visto a Courtois vuelto un pulpo y he visto a Modric correr los 90 minutos con 38 años en las piernas y 15 títulos en el alma. Pero jamás pensé que vería esto: don Florentino, el hombre que desafió al Imperio, el Espartaco de Chamartín, el último rebelde del fútbol europeo, sentado en la misma mesa con los mismos tipos a los que llamó «monopolio», «dictadura» y «abuso de dominio». Y no para pelear, no. Para firmar la paz. Con vinito, foto de familia y un comunicado que huele a incienso y a fin de ciclo.
Porque lo que el Real Madrid ha anunciado este miércoles no es un acuerdo cualquiera. Es la capitulación del último mohicano. Ahí estaba el club blanco, solo en la trinchera, con la metralleta de los 4.500 millones de euros en la mano, la sentencia del TJUE bajo el brazo y la Audiencia Provincial de Madrid dándole la razón en 21 de 21 puntos. Y de repente, zas. Llega el comunicado: «UEFA, EFC y Real Madrid alcanzan un acuerdo por el bien del fútbol europeo». ¿El bien del fútbol europeo? Ay, Florentino, que te la han colado con vaselina y todo.
Resulta que los antecedentes importan, y aquí hay uno que pesa más que la losa de 2021. La semana pasada, el Barça —ese socio de viaje que juró lealtad hasta que las vacas flacas dejaron de estar flacas— soltó un comunicado de tres líneas y se fue por la puerta de atrás.
Joan Laporta, que hace solo unos meses se ofrecía como «mediador» entre la Superliga y la UEFA en Roma, se ha dado la vuelta como una tortilla malagueña y ha dejado a Florentino plantado en la estación. Y no solo eso: mientras el Madrid preparaba los cañones, Laporta ya estaba cenando con Ceferin, haciéndole ojitos a Al-Khelaïfi y negociando su regreso a la ECA.
La jugada le ha salido redonda al Barça: se quita un problema de encima, se reconcilia con el poder y, de paso, se asegura de no cobrar ni un euro de esa indemnización de 4.500 millones que el Madrid ya no reclama. Eso sí es electoralismo en estado puro .
Así que el Real Madrid, que hasta el lunes era el último samurái con la katana desenvainada, se ha mirado al espejo y ha visto que estaba solo. Muy solo. Sin el Barça, sin la Juventus (que se fue hace siglos), sin los ingleses que salieron pitando cuando Boris Johnson les enseñó la cartilla. Solo, con una demanda multimillonaria en una mano y un proyecto de competición que ya nadie quiere firmar en la otra.
Y entonces ha hecho lo único que podía hacer: negociar. Pero ojo, que el comunicado es una obra maestra de la equidistancia. No dice «abandonamos la Superliga». Dice «alcanzamos un acuerdo de principios». Dice «respetamos el mérito deportivo». Y dice «mejoramos la experiencia del aficionado con tecnología». Todo muy bonito, todo muy institucional. Todo muy «nos vamos, pero no digan que nos vamos, que tengo mi orgullo» .
La pregunta del millón —o de los 4.500 millones— es qué pasa ahora con esa reclamación millonaria. Porque el comunicado habla de «resolver las disputas legales una vez se implemente un acuerdo definitivo». Traducción: Florentino ha intercambiado la espada por un cheque, y ese cheque tiene una cifra que seguramente nunca sabremos.
La UEFA, que hace cuatro años amenazaba con expulsar al Madrid de todas las competiciones, ahora estrecha la mano de su enemigo. El fútbol europeo, ese gran teatro, ha escenificado su enésimo final feliz. Los malos de la película han resultado no ser tan malos, los buenos tenían sus propios pecados y al final todos se van de copas. Como en las pelis de vaqueros, solo que aquí el duelo no fue al atardecer, sino en una sala de juntas de Nyon, con PowerPoint de por medio.
¿Y ahora qué? Pues ahora el Madrid mira al futuro con la misma elegancia con la que ha gestionado su retirada. Porque aquí no ha habido rendición: ha habido una refundación estratégica. El club blanco no ha perdido la batalla legal —de hecho, la ha ganado por goleada—, pero ha entendido que no se puede construir una competición contra todos y sin nadie.
La Superliga, ese sueño loco de un visionario testarudo, queda oficialmente congelada. O muerta. Depende del día. Lo que queda es la forma: Florentino Pérez, el presidente que desafió al sistema, ha decidido dejar de pegar tiros al aire y sentarse a negociar. A veces, la victoria no es derribar el muro. A veces, la victoria es convencer al enemigo de que te deje pintar un graffiti en él. Y el Madrid, créanme, se ha llevado los mejores botes de spray.