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La Cuba de los autobuses rotos: una analogía para entender el socialismo, el capitalismo y la libertad

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Por Albert Fonse (9

Ottawa.- Muchos cubanos de dentro de la isla me escriben diciéndome que no terminan de entender qué es la izquierda, qué es la derecha, qué es el socialismo, el capitalismo o el liberalismo. No porque sean incapaces, sino porque casi siempre se explican con palabras abstractas, técnicas, alejadas de la vida real. Por eso uso una analogía sencilla, pensada para cualquiera dentro de Cuba, usando algo que todos entienden: moverse de un lugar a otro.

Imagina que la vida es un viaje y que trabajar, prosperar y decidir tu futuro es desplazarte desde tu casa hasta donde quieres llegar.

En el socialismo, el viaje funciona como un autobús estatal. El gobierno pone la guagua, decide la ruta, el horario y las paradas. No importa a qué hora te levantes, qué música te guste, si vas apurado o si quieres desviarte un poco. Tienes que adaptarte al horario del autobús. Viajas con quien toque, con las condiciones que haya, cómodo o incómodo, limpio o sucio. No puedes bajarte donde quieras ni cambiar de ruta. Lo bueno es que, en teoría, nadie se queda sin transporte. Lo malo es que todo tu ritmo de vida depende de ese autobús. Si se rompe, si no pasa, si va lleno, tu vida se paraliza con él.

En el capitalismo, ya no vas en autobús. Tienes tu propio carro. Puedes escoger a dónde ir, a qué hora salir, qué música escuchar y con quién viajar. Puedes trabajar más para comprarte un carro mejor o conformarte con uno sencillo. La libertad existe, pero no es un camino vacío. Manejas dentro de la ciudad. Hay semáforos, tráfico, policías, multas, trámites, papeleo e impuestos. A veces avanzas rápido, a veces te quedas en un atasco. Puedes llegar lejos, pero el camino tiene burocracia y obstáculos. Lo bueno es que decides tu destino. Lo malo es que el trayecto puede ser lento y pesado.

Las explicaciones

El liberalismo sería como el capitalismo, pero saliendo de la ciudad hacia la autopista. Sigues teniendo reglas, porque no es un caos, pero hay muchas menos trabas. No hay tantos semáforos, no hay tantas paradas obligatorias, no hay policías deteniéndote cada cinco minutos. La carretera es más directa, más fluida, más rápida. Puedes avanzar sin tantos permisos, sin tanto control innecesario, siempre que no choques a otros ni les cierres el camino. Lo bueno es la agilidad, la velocidad y la libertad real de movimiento. Lo malo es que exige responsabilidad personal. Si manejas mal, el accidente es tuyo.

El nacionalismo sería decir que solo se permiten carros hechos en el país, calles diseñadas solo por los de adentro y rutas cerradas al exterior. Se protege lo propio por encima de todo. Eso puede fortalecer la identidad y el orgullo, pero también puede cerrar caminos, limitar opciones y hacer el viaje más lento si el mundo avanza por otras autopistas.

Las conclusiones para Cuba son claras. El modelo que obliga a todos a montarse en el mismo autobús fracasó. No creó bienestar, no generó riqueza y no dio libertad. Solo produjo dependencia, atraso y resignación. Cambiarle el nombre o maquillarlo no cambia el resultado.

Cuba necesita un sistema donde el ciudadano pueda moverse por sí mismo, trabajar sin miedo, emprender sin pedir permiso para todo y ver resultados reales de su esfuerzo. Como mínimo, un capitalismo funcional que garantice propiedad, incentivos y movilidad. Mejor aún, un marco liberal que reduzca la burocracia, limite el poder del Estado y deje respirar a la sociedad.

El nacionalismo vacío tampoco es salida. Mucha consigna y poca prosperidad terminan siendo otra forma de encierro. La identidad se defiende cuando la gente vive mejor, no cuando se le cierran caminos.

La conclusión final es simple: Cuba no necesita más promesas ni más autobuses rotos. Necesita devolverle a su gente las llaves, el volante y la responsabilidad de construir su propio camino.

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