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La última bruja del Reino Unido

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La historia de Helen Duncan es una de esas paradojas que parecen ficción. Mientras Europa ardía. Mientras se planificaba Normandía y mientras la guerra se volvía industrial y científica.

En el corazón de Londres, una mujer era juzgada… por brujería. No como metáfora. Como delito real, bajo una ley vigente desde 1735.

Helen nació en 1897 en Callander, Escocia. Desde niña fue señalada como “psíquica”. Trabajó en un hospital, se casó con un ebanista vinculado al espiritismo y tuvo doce hijos, de los cuales solo seis sobrevivieron. En las décadas de 1920 y 1930 se convirtió en médium profesional. Salas oscuras, promesas de contacto con los muertos, consuelo a cambio de dinero. Y funcionaba. La gente la seguía. La necesitaba.

Pero los investigadores espiritistas la desmontaron sin piedad. El ectoplasma que expulsaba por la boca eran gasas, papel higiénico y claras de huevo.

Los “espíritus” eran telas blancas mal iluminadas. Sus sesiones mezclaban teatro, ilusionismo y duelo humano.

Entonces llegó la guerra.

En 1939, el dolor se multiplicó. La necesidad de creer también. Helen pasó de fraude tolerado a industria del luto.

En 1941, durante una sesión en Portsmouth, “materializó” a un marinero que anunciaba el hundimiento de un buque británico y la muerte de cientos de hombres. El dato era real… y ultrasecreto. El Almirantazgo había impuesto silencio absoluto.

Juicios, encarcelamientos

¿Cómo lo sabía? ¿Filtración? ¿Espionaje? ¿Coincidencia? Para la Armada, daba igual. Era un riesgo.

La vigilaron durante años. Cuando se acercaba el Día D, decidieron actuar. En enero de 1944, dos oficiales asistieron a una de sus sesiones, la desenmascararon y días después fue arrestada.

Y aquí la historia cruza la frontera de lo absurdo. No la acusaron de fraude. La acusaron bajo la Ley de Brujería de 1735.

Una ley creada para castigar a quienes fingían poderes sobrenaturales, pero cargada del peso simbólico de siglos de superstición. Helen Duncan se convirtió así en la última mujer condenada por brujería en el Reino Unido.

Fue sentenciada a nueve meses de prisión. Al salir, volvió a trabajar como si nada.

En 1951, el Parlamento derogó finalmente la ley y la reemplazó por la Ley de Médiums Fraudulentos.

En 1956, Helen fue arrestada otra vez, ahora sí por fraude.

Murió poco después, en su cama, en Edimburgo. Fue estafadora. Fue actriz. Explotó el dolor ajeno. Pero también fue un símbolo incómodo: la prueba de que incluso en plena modernidad, cuando el mundo cree haber dejado atrás la superstición, el miedo y el poder aún pueden resucitar leyes antiguas.

A veces, el pasado no muere. Solo espera el momento adecuado para volver a juzgar.

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