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Por Eduardo González Rodríguez ()
Santa Clara.- Si publicas, por ejemplo, que un ginecólogo no quiso atender a un travesti, debes saber que habrá misa para rato. Inmediatamente aprenderás que hay más de diez puntos de vista sobre el tema. Incluso, descubrirás especialidades vinculadas a la psicología, sexología, sociología, antropología, politología, y casi todo lo que termine en «gía», que jamás habías escuchado y que se usarán con la misma rabia con que se pelea en las trincheras.
Y eso ocurre porque en los últimos tiempos las personas no pueden resistir el miserable impulso de parecer inteligentes. Claro, tienen un poderoso argumento debajo de la manga: mister Google.
Como soy de la vieja escuela, de los que somos incapaces de citar una frase de memoria, de los que preferimos no perder neuronas en discusiones bizantinas, de los que, quizás por idiotez, creemos que «la cultura es eso que te queda cuando ya se te olvidó lo que leíste», y finalmente, de los que sentimos menos vergüenza al decir «de eso no sé ni papa», que al buscar en una enciclopedia el argumento que nos permita ganar un debate que siempre será una tontería, me ahorro la incomodidad de que alguien trate de arrastrarme a una guerra que no va a pelear con su propia técnica ni con sus propias manos.
Y sé perfectamente de lo que estoy hablando. Cuando era un muchacho -tenía 12 o 13 años- hice unas cuántas peleas callejeras por dinero. Los guantes que utilizábamos para eso eran profesionales, o sea, demasiado grandes para manos adolescentes. El que ganaba se llevaba cinco o diez pesos. El que perdía se iba en blanco.
Lo verdaderamente interesante de aquello, era que la mayoría de las veces el que ganaba compartía el dinero con el que perdía la pelea. O le daba una parte, o los dos lo gastaban en un merendero de barrio comiendo fritas de cuarenta quilos.
Éramos contrincantes, sí, pero porque teníamos un objetivo común: ganarnos una plata para compartir o para comer. Ganar una pelea, o una discusión, donde gana alguien que no puede hacer nada con el triunfo, es una pelea perdida.
Una anécdota más: en el servicio militar (mi amigo Jorge Gil es testigo) me puse los guantes con Vila, un guardia igual que yo. Eran las nueve de la mañana y peleamos frente al cuartico de oficiales. A esa hora me noqueó, y estuve noqueado hasta las dos de la tarde.
Bueno, la historia es que almorcé noqueado. Cuando me recuperé, no recordaba nada. ¿El objetivo de la pelea? Simple entretenimiento. Nada que ver con superioridades ni odios. Si no hay objetivos comunes, las broncas no tienen el más mínimo sentido.
Ahora la gente teme decir «esto es una mierda», porque casi es obligatorio hacer un tratado sobre «la mierda en sí «, o sobre el proceso que determinó que la mierda fuera mierda y que, según filosofías, semióticas y chamanes, todo parece indicar que seguirá siendo mierda un largo rato.
Señores, hay odio en estas cosas. Mucho. Sobre todo porque, en el intento de legitimar, o no, a la mierda, a todos los bandos, centrados en el miserable deseo de ganar, se les olvida que a la mierda hay que cambiarla.
Está sucediendo que las confrontaciones en las redes están más motivadas por expresar puntos de vista personales que por puntos de vista comunes. Y claro, eso genera fricción, malestar, intolerancia y odio. A su vez, eso crea un lobby de derrotas cotidianas tan grande que mañana la gente, por pura compulsión, sale a buscar otra pelea. Yo creo que somos un mal ejemplo para el mundo. Y creo también que deberíamos eliminar la palabra gusano, traidor, odiador, vendepatria, cambia casaca, asalariado, porque, si lo pensamos con calma y el objetivo es ofender, eso encaja perfectamente en cualquier bando.
Además, mientras eso ocurre, hay gente que sonríe y sigue haciendo plata.
Si lo que dices no mejora quién eres, no cambia nada, tiende a perpetuar el mismo estado de cosas y terminas insultando o insultado, estás utilizando los guantes de otro y queriendo aprovechar una técnica ajena a tu experiencia.
Y eso ocurre también porque las personas no pueden resistir el miserable impulso de, a toda costa, mostrarse ganadores. Desgraciadamente, en ese intento, utilizan el larguísimo arsenal del verdadero perdedor: el grito, la ofensa, la intolerancia y los calificativos de manual que ya no resultan creíbles y que, por demás, son aburridísimos.
La realidad es que pueden hacer un larguísimo tratado que incluya profecías, citas, apologías y documentos muy profundos sobre las heces fecales. El que lo escuche sabrá de inmediato que están hablando de la mierda. Eso no hay manera de ocultarlo porque, en última instancia, el olor es inconfundible.