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El moralista del whisky: las falacias de Abel Prieto y la Cuba real

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- La entrevista de Abel Prieto al diario mexicano La Jornada es un ejercicio magistral de cinismo revolucionario. En ella, el exministro y actual presidente de la Casa de las Américas se erige en paladín global contra el fascismo. Lo hace desde el epicentro de uno de los regímenes más cerrados y represivos del hemisferio.

Su advertencia sobre un «mundo en peligro» es grotesca viniendo de un pilar intelectual de un sistema que, por definición operativa, cumple los rasgos esenciales del fascismo. Entre estos, se encuentran partido único fusionado al Estado, culto a la personalidad del líder difunto, control absoluto de los medios, supresión violenta de la disidencia y un nacionalismo exacerbado como instrumento de control.

Prieto denuncia espectros lejanos para ocultar la maquinaria totalitaria que tiene a sus pies. En ese sistema, la policía política allana hogares y los tribunales condenan a adolescentes por pensar distinto.

Esta doble moral alcanza su climax en la obscena usurpación de la voz popular. Prieto pontifica sobre lo que «el pueblo cubano» siente y piensa. Mientras tanto, ese mismo pueblo —al que su gobierno ha condenado a una hambruna energética y a colas interminables— no tiene el más mínimo mecanismo para desautorizarlo.

Habla de «unidad» y «firmeza» evocando filas bajo la lluvia, omitiendo que esas filas son la única vía para obtener alimentos y medicamentos. No es un acto de adhesión espontánea. Mientras los cubanos hurgan en basureros o arriesgan sus vidas en el mar, Prieto ejerce como anfitrión de lujo en su institución. Según testimonio de antiguos colaboradores, se exige whisky de calidad superior para atender visitas y se disfrutan habanos de primera en tertulias con su inseparable Amauri Pérez Vidal. En definitiva, su solidaridad es un performance para intelectuales extranjeros. Este espectáculo es financiado por el mismo Estado que niega el pan a sus ciudadanos.

Una fábula autoexculpatoria

La farsa intelectual se profundiza con su autoproclamada etiqueta de «marxista-lennonista», un oxímoron revelador. Por ejemplo, el mismo régimen que Prieto defiende prohibió y persiguió la música de The Beatles por «contrarrevolucionaria» y «divergente». Ese puritanismo cultural desmiente cualquier pretensión de vanguardia artística.

Su marxismo es de salón, útil para justificar privilegios en cócteles pero incompatible con el pensamiento crítico. Adora a un Lennon imaginario, «militante anti-Trump», mientras silencia a los artistas cubanos disidentes con métodos que el propio Lennon habría denunciado. Su «Imagine» es la coartada estética de una nomenklatura que nunca compartió ni compartirá sus privilegios.

Su análisis geopolítico es otra fábula autoexculpatoria. Al reducir la crisis cubana al «viejo dilema» de colonia o socialismo, Prieto realiza un acto de proyección magistral. Así, externaliza la responsabilidad de un colapso que es doméstico y generacional.

La falta de combustible no la causa solo Trump; la causa un modelo económico fallido que durante décadas dependió de subsidios (URSS, Venezuela). Al evaporarse estos, quedó al descubierto una ineficiencia terminal. Culpar a un «bloqueo naval» que no existe es la estrategia narrativa para ocultar que el régimen naufraga por su propio peso. Para finalizar, no necesita que nadie lo empuje.

La cínica defensa al ‘no mentir’

En el plano comunicacional, su argumento es aún más mendaz. Al afirmar que «la izquierda tiene una limitación: la ética» y que «no podemos mentir», Prieto ignora que la propaganda oficial cubana es un monumento a la omisión y la manipulación.

La prensa estatal no informa sobre las protestas, las muertes en el mar o la corrupción de la élite; construye una realidad paralela donde solo existe la heroicidad. Mentir no es solo inventar; es también ocultar. En eso el régimen ha sido un ingeniero de primer orden. Su invocación a Fidel Castro —»no hay que mentir jamás»— suena a sarcasmo en un país donde la verdad es el primer preso político.

Leer la entrevista acá: (https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/02/10/politica/con-los-fascistas-no-solo-cuba-esta-en-riesgo-el-mundo-peligra-abel-prieto)

Abel Prieto es, en definitiva, el símbolo perfecto de la decadencia terminal del castrismo: el intelectual orgánico que custodia las formas literarias de una revolución cuyo contenido humano ha sido devastado. Habla de lucha de clases desde un despacho con aire acondicionado. Al mismo tiempo, condena el fascismo mientras sirve a una estructura totalitaria y se reclama heredero de Lennon desde una institución estatal que es la antítesis de «Imagine».

Su entrevista no es un análisis; es el epitafio elaborado de un poder que ya solo sabe mentir. Esto es así porque perdió la capacidad de gobernar, de convencer y, sobre todo, de alimentar a su pueblo. La única falacia peligrosa no es la que él denuncia, sino la que él mismo encarna: la de creer que la retórica puede eternizar lo que la realidad está enterrando.

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