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¿Puede un cristiano ser neutral en Cuba? Fe, política y el costo de la verdad

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El dilema del cristiano en Cuba: ¿Fe privada o conciencia pública?

Escribo este artículo como padre de un hijo cristiano en Cuba. Un hijo al que nunca enseñé a callar, sino a decir la verdad y a vivir su fe con sinceridad, aun cuando eso tenga un costo (Abajo del articulo le dejo un video de mi hijo hablando sobre el tema desde dentro de Cuba).

Escribo para analizar este dilema desde el punto de vista histórico y moral. Escribo para explicar algo simple y, a la vez, incómodo: cuando la fe cristiana se vive de verdad, deja de ser privada. Tiene consecuencias públicas, especialmente en contextos de tiranía, como la cubana. Y eso no es nuevo, ni exagerado, ni fruto de una rebeldía juvenil. Es una realidad que se repite a lo largo de la historia.

Cristianos incómodos para el poder: una constante histórica

Aquí conviene hacer una pausa y mirar la historia, no para dar una clase, sino para ganar perspectiva. La pregunta no es si los cristianos deben ser incómodos para el poder, sino por qué una y otra vez lo han sido cuando el Estado ha querido ocupar un lugar que no le corresponde.

Basta asomarse a los primeros siglos del cristianismo. El Imperio romano no persiguió a los cristianos por violentos ni por conspiradores. Los persiguió por algo que hoy suena casi absurdo: por negarse a realizar un gesto simbólico de lealtad absoluta. Policarpo de Esmirna, un anciano obispo, no fue ejecutado por hacer política, sino por no quemar incienso ante el César. Desde el punto de vista romano, era obstinado, antisocial y peligroso como ejemplo. Desde la fe cristiana, simplemente fiel.

A veces resulta inevitable cierta ironía histórica. Lo que el Estado cubano exige hoy —silencio, lealtad y límites claros a la conciencia— no es tan distinto de lo que exigía Roma. Cambian los símbolos, no la lógica. Entonces era incienso; hoy es silencio. Entonces era el César; hoy es la ideología.

Pensadores como Tertuliano dejaron claro que los cristianos oraban por las autoridades, obedecían las leyes justas y deseaban la paz social. Pero también afirmaron algo intolerable para cualquier poder absoluto: el Estado no es Dios. Esa línea divisoria, tan elemental, convierte a la conciencia en una amenaza.

Ilustración horizontal con cinco figuras históricas cristianas —Policarpo, Tertuliano, Tomás Moro, Dietrich Bonhoeffer y Óscar Romero— representadas en distintos contextos históricos, desde la Roma antigua hasta el siglo XX.

No hace falta quedarse solo en los primeros mártires. A lo largo de la historia, distintos Estados han reaccionado de forma similar ante cristianos cuya conciencia no aceptó límites impuestos por el poder. Tomás Moro fue ejecutado por negarse a someter su fe a la voluntad del rey. Dietrich Bonhoeffer fue encarcelado y asesinado por no callar frente al nazismo. Óscar Romero fue señalado como peligroso y finalmente asesinado por denunciar la violencia de un régimen que exigía silencio.

Desde el punto de vista estatal, ninguno de ellos era un héroe espiritual: eran incómodos, desestabilizadores, problemáticos. No porque empuñaran armas ni buscaran el poder, sino porque establecieron un límite. Recordaron, con su vida, que la conciencia no pertenece al Estado.

Esta sección no busca agotar ejemplos, sino invitar al lector a reconocer un patrón que se repite una y otra vez. Cambian los sistemas, los discursos y los símbolos, pero la reacción del poder frente a la fe coherente suele ser la misma: convertir al creyente en sospechoso cuando se niega a callar.


Decir “Jesús es Señor” no es una frase neutral

Una de las grandes confusiones de nuestro tiempo es pensar que la fe cristiana es únicamente privada. En el mundo romano, afirmar «Jesús es Señor» no era una expresión devocional inofensiva; era una declaración que negaba implícitamente otra afirmación central del Imperio: «César es señor».

Los primeros cristianos pagaban impuestos, obedecían las leyes civiles y oraban por las autoridades. Pero se negaban a rendir culto al poder. Ese gesto —aparentemente pequeño— bastó para convertirlos en sospechosos, interrogados y, muchas veces, ejecutados.

La lección histórica es clara: no es la violencia lo que incomoda al poder absoluto, sino la existencia de una lealtad superior.


Cuba: cuando el silencio no es neutral

Este marco histórico ayuda a comprender mejor la realidad cubana. En una democracia imperfecta, opinar puede ser un derecho incómodo pero tolerado. En una tiranía ideológica, hablar se convierte automáticamente en un acto político.

Desde 1959, el Estado cubano se ha relacionado con la fe de forma abiertamente hostil. No se trató de malentendidos ni de excesos aislados, sino de una política frontal contra toda expresión religiosa que no pudiera ser controlada. Se expulsó a monjas y sacerdotes que educaban, se cerraron escuelas religiosas, se marginó a creyentes de la vida pública y se persiguió sistemáticamente a quienes mantenían su fe.

Durante años, ser cristiano significó perder oportunidades académicas y profesionales. Muchos jóvenes vieron truncadas sus carreras universitarias no por falta de méritos, sino por asistir a una iglesia o declararse creyentes. La creación de las UMAP —campos de trabajo forzado donde fueron internados religiosos, pastores y creyentes— dejó claro que el objetivo no era la convivencia, sino la reeducación ideológica.

Infografía sobre la relación del Estado cubano con la fe cristiana, desde la persecución abierta (1959–1990) hasta una apertura táctica y controlada tras el Período Especial.

Solo cuando el llamado campo socialista se derrumbó, a partir de 1991, y Cuba entró en lo que se conoció como el Período Especial —tras los Panamericanos y en medio de una escasez extrema, muy similar a la que vive hoy el pueblo— el discurso oficial comenzó a cambiar. La soga económica y política ya estaba al cuello.

Fue entonces, y no antes, cuando el poder modificó su postura en el VI Congreso del Partido. Aparecieron los llamados “pastores por la paz”, los gestos calculados hacia sectores religiosos afines al Estado y, en paralelo, los acercamientos oportunistas al papado. No fue un giro moral, sino táctico. No una reconciliación sincera con la fe, sino una estrategia de supervivencia política.

En ese contexto, exigir a los cristianos que “no se metan en política” no es una invitación a la espiritualidad, sino una exigencia de sumisión. Cuando un joven cristiano es interrogado y amenazado con prisión por comunicar su fe, cuando se vigilan púlpitos y se condiciona la libertad religiosa, ya no estamos ante un debate teórico. Estamos ante un conflicto de conciencia.

El mandamiento de amar al prójimo no permite colocarse del lado del opresor ni refugiarse en una neutralidad cómoda. Amar al prójimo implica ponerse del lado de la víctima. Y en un sistema injusto, eso tiene consecuencias.


Orar y actuar: mansos, no mensos

El cristianismo no llama a la violencia ni a la venganza. La lucha del creyente no es contra sangre ni carne. Pero eso no equivale a pasividad moral. A lo largo de la historia, los cristianos han orado… y han hablado. Han orado… y han resistido. Han orado… y han aceptado el costo de no callar.

Ser sal y luz no es compatible con la cobardía ni con la complicidad. La mansedumbre bíblica no es ingenuidad ni sumisión acrítica. Es firmeza sin odio, verdad sin violencia, conciencia sin miedo.

Si no callar ante la injusticia —que es pecado— se considera “meterse en política”, entonces el problema no está en el cristiano que habla, sino en el poder que no tolera la verdad.


Fidelidad, no partidismo

Este no es un llamado a convertir la fe en ideología ni a confundir el evangelio con un programa político. Es un llamado a recuperar una verdad histórica: cuando el poder exige silencio ante la injusticia, el cristiano fiel siempre será incómodo.

Lo fue en el Imperio romano.
Lo fue ante monarquías que no toleraban límites.
Lo fue bajo los totalitarismos del siglo XX.
Y lo es hoy en Cuba, en medio de una crisis profunda que en 2026 se vive con mayor pobreza, mayor control, mayor vigilancia y menos espacio para la verdad.

En el país del “no te metas”, hablar sigue teniendo consecuencias. Expresarse, denunciar, comunicar la fe fuera de los márgenes permitidos continúa siendo visto como una amenaza. No porque la fe sea violenta, sino porque no es controlable.

El costo de hablar puede ser alto. Pero el costo de callar —cuando el silencio se convierte en complicidad— para la conciencia cristiana, siempre ha sido mayor.

Como padre cristiano, no puedo enseñar a mi hijo a vivir con miedo cuando el evangelio nos enseñó a vivir en la verdad. Y tú, ¿qué le estás enseñando a tu hijo?

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