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Por Jadir Hernández Page ()
Ayer, lunes 9 de febrero, la dictadura castrista fue sido sometida a una radiografía militar de alta precisión sin que se disparara un solo tiro. Un Boeing RC-135V/W «Rivet Joint» de la Fuerza Aérea de EE.UU., matrícula operativa en la región, ejecutó un patrón de vigilancia persistente a 50,000 pies de altura en el límite de la Zona de Identificación de Defensa Aérea (ADIZ), justo frente a la costa norte de Cuba.
Esta plataforma no es un simple avión espía, sino un centro de datos volante tripulado por 30 especialistas «Raven» y equipado con el sistema de localización automática de emisores (AEELS), capaz de triangular cualquier señal de radar o radio enemiga hasta 240 kilómetros tierra adentro.
El análisis de fondo revela una maniobra de «jaque mate técnico», en la que el régimen quedó paralizado. Puesto que la aeronave opera estrictamente en espacio aéreo internacional, cualquier intento del MINFAR de activar sus baterías de misiles S-75 o S-125 para «bloquear» al objetivo constituiría un acto de guerra suicida, además de regalarle al enemigo la frecuencia exacta de sus radares de tiro para su posterior destrucción.
De hecho, esta misma tecnología fue la utilizada en el Mar Negro para geolocalizar a generales rusos en Ucrania basándose en sus comunicaciones no seguras, demostrando que el Rivet Joint no solo escucha, sino que prepara el terreno para ataques de precisión quirúrgica.
La realidad es que La Habana está atrapada en una jaula electrónica de la que no puede escapar sin iniciar un conflicto que perdería en horas.
En definitiva, ¿qué valor tiene la retórica de «soberanía» cuando un avión intocable está mapeando en tiempo real la ubicación de cada unidad represiva?
La cúpula sabe que hoy, técnicamente, están desnudos ante el poderío estadounidense.