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Por Yin Pedraza Ginori ()
Madrid.- A mis 87 años, quienes me conocen de cerca saben que me la sudan muy mucho la patria, la bandera, el himno, las raíces, la cultura, el sentido de pertenencia, los próceres elevados a la categoría de ídolos perfectos y todos los símbolos y la parafernalia que cuelga alrededor del concepto de nación.
Lo que vi a lo largo de mi vida es que todo eso son mecanismos sentimentales que los poderosos insertan en las personas para manipularlas, atarlas y convertirlas en sus tranquilos seguidores.
Lo supe desde muy joven, cuando en mi pueblo de Las Villas veía las campañas electorales de la república chambelonera repletas de discursos patrioteros y mítines en que los políticos se envolvían en la bandera de la estrella solitaria para colar sus mensajes demagógicos y sus falsas promesas.
Stalin, Hitler, Mussolini, Perón, Fidel y un largo etc., son ejemplos de para qué sirve el nacionalismo exacerbado en manos de los que mandan: para dominar y someter a las masas, para dividir a los seres humanos en rebaños que desconfían y desprecian a los que pertenecen a otro bando, para crear fanatismo, xenofobia y racismo, para algo tan absurdo y antinatural como convencerme de que debo estar orgulloso de, llegado el caso, sacrificar hasta mi vida, mi posesión más valiosa, para defender el pedazo de suelo en que nací…
Esos cubanos hipermachacados y empercudidos que en la Tribuna Antiimperialista gritan su disposición a dar hasta la última gota de su sangre por mantener una dictadura que los ha mierdificado completamente son víctimas de una secta ultranacionalista, zombies damnificados por un veneno ideológico que les han inyectado en el cerebro desde que, siendo niños, les enseñaron que Martí era Dios, que el Comandante en Jefe su profeta en la tierra y que morir por la patria es vivir.
En fin, nunca, jamás de los jamases, vi un nacionalismo político que generara comprensión, tolerancia y bondad, que uniera los que piensan diferente.
Y en eso estaba, firme en mis convicciones, cuando descubrí hace unos meses a un puertorriqueño carismático que utiliza todos los trucos del nacionalismo más extremo y evidente, no para provocar en la gente odio y desprecio por los demás, sino amor, empatía y buen rollo.
Bad Bunny es un tipo talentoso, creativo, un artista fuera de liga, se ha currado con mucho trabajo la cima donde ha llegado. La música que hace no me interesa, no me gusta. Pero la filosofía de Benito Martínez Ocasio, esa manera suya de defender el orgullo de ser latino provocando autoestima en quienes tanto la necesitan, esa forma tan efectiva de proyectar cosas buenas en millones de personas que ni siquiera entienden lo que dice, de darles un abrazo a los habitantes de un planeta azotado por la rabia, la tristeza y la desesperanza, me tiene reflexionando, pensando que a lo mejor yo estaba equivocado y tengo que, a mis 87 años, ponerme a revisar algunos de mis conceptos más arraigados y admitir que la cabrona banderita, las perniciosas raíces culturales y el manipulador sentido de pertenencia son como todas las armas, que dependen de quien las use y para qué.