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Por Max Astudillo ()
La Habana.- La desconfianza profunda del cubano de a pie ante cualquier anuncio del «fin del castrismo» no es ingenua ni fruto de la desinformación. Es un escepticismo tallado a cincel por la experiencia histórica más brutal: la de haber sido testigo, una y otra vez, de cómo el régimen sobrevive a sus propias profecías de derrumbe.
Mientras el mundo celebraba la caída del Muro de Berlín, Cuba entró en el «Período Especial». Cuando colapsó la Unión Soviética, su principal sostén, la nomenclatura se reinventó con el turismo y las remesas. Esta resiliencia perversa ha creado un relato interno invencible: ellos siempre aguantan. Por eso, las declaraciones de Trump o las arengas de Marco Rubio resuenan, pero chocan contra el muro de lo ya vivido.
La prueba más traumática de esta resistencia fue el 11 de julio de 2021. Por unas horas, la isla contuvo la respiración creyendo presenciar un punto de inflexión histórico, un estallido social imposible de contener. La magnitud y espontaneidad del grito unánime «¡Patria y Vida!» fue inédita. Y, sin embargo, el Estado policial, aceitado y despiadado, demostró su fórmula infalible: represión velocísima, detenciones masivas, condenas abusivas y un cerrojo digital implacable.
El régimen no se derrumbó; se endureció. Ese trauma colectivo, esa promesa de cambio ahogada en golpes y rejas, es el principal combustible del actual «qué va a pasar… pero no pasará» que recorre la sociedad.
Este pesimismo, sin embargo, no es una rendición. Es, paradójicamente, la postura más racional posible ante un poder que ha hecho de la permanencia su mito fundacional. Dudar no es falta de fe en la libertad; es el realismo de quien ha pagado un precio altísimo por creer en anuncios previos de liberación que nunca llegaron.
El cubano ha aprendido, a fuerza de decepción, a distinguir entre el ruido mediático exterior y la silenciosa e inmutable realidad del control dentro de la isla.
No obstante, esta vez el escepticismo podría ser el último refugio psicológico antes de un cambio real, porque las condiciones objetivas han cruzado un umbral sin retorno. La crisis ya no es cíclica; es estructural y terminal.
El colapso energético crónico, la hambruna generalizada, la migración en masa que vacía el país y, sobre todo, la desaparición total del subsidio petrolero venezolano han dinamitado el último pilar material del régimen. Antes existía un patrocinio externo (la URSS, Chávez) para paliar la ineptitud económica. Hoy, la nomenklatura está completamente sola frente a su propio fracaso, sin recursos para comprar paz social ni tiempo para maniobrar.
El poder, además, ha entrado en su fase más decadente y vulnerables: la gerontocracia sin carisma. El traspaso de Fidel a Raúl fue dinástico; el de Raúl a Díaz-Canel es administrativo.
El mayoral carece de la autoridad histórica, el liderazgo o el miedo que inspiraban los fundadores. Comanda una estructura vacía, sostenida únicamente por la represión y la inercia, pero sin proyecto, sin legitimidad y sin futuro. Su poder es el de un administrador de la ruina, no el de un arquitecto de un estado.
Por tanto, creer que llegó el fin no es un acto de fe en Trump o en Rubio; es una lectura fría de la evidencia. Lo que se cae ahora no es un «régimen comunista» en abstracto, sino un modelo concreto de capitalismo de estado familiar y control mafioso que ha agotado todos sus activos: el carisma, el subsidio, la paciencia popular y el tiempo. Su eternidad era una ilusión sostenida por recursos externos que ya no existen.
La duda es comprensible, pero la física histórica es inexorable: cuando un sistema pierde la capacidad de reproducirse y solo subsiste mediante la fuerza bruta sobre una población que lo detesta, su conteo final, aunque lento y doloroso, ya comenzó.
Lo que parece eternidad desde dentro es, desde la óptica de la historia, el estertor.